Mostrando entradas con la etiqueta Naturaleza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Naturaleza. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de octubre de 2019

Richard Dawkins : “El relojero ciego. Por qué la evolución de la vida no necesita ningún creador”


En pocos casos como en este, es preciso dirigir inicialmente una mirada al autor, antes que al mismo contenido del libro. Si hubiera que calificar muy brevemente a Richard Dawkins no diríamos de él que es un etólogo, un biólogo evolutivo o un divulgador: indicaríamos que es por encima de todo un darwinista, y además ateo y polemista.
Como darwinista ha mostrado una crítica continua y severa a los llamados creacionistas, es decir, a los que creen que todo ha sido creado y diseñado por un Ser superior. Aunque esa idea existe latente en todas las religiones, Dawkins ha dirigido su polémica hacia las tesis deístas cristianas. Más concretamente, hacia ciertas iglesias protestantes y, especialmente, contra el anglicanismo, su religión de infancia, aunque desde los nueve años, como él declara, comenzó a dudas de la existencia de Dios. De ahí ha pasado a ser uno de los “Jinetes del Nuevo Ateísmo”.
Pero, aunque se afirma que el creacionismo lo profesan hasta el 57% de la población norteamericana, lo cierto es que el darwinismo es algo aceptado por la mayoría de las personas cuando conocen su formulación más simple. La misma Iglesia católica lo rechazó en principio, luego lo redujo al momento en que surgió el hombre; por fin, alienta la lectura el Génesis a la luz de las nuevas ideas del darwinismo.
El hecho cierto es que tanto el creacionismo como el darwinismo han creado numerosas escuelas y desgajamientos. Una situación que nos permite pensar que estamos en persecución de un conocimiento que aún no tenemos y que descansará en algún punto intermedio. O no; y nos lleve a otro plano de discusión.
Entiendo que un hecho cierto es que la gran defensa del darwinismo ha estado orientada por la supervivencia del más apto. Dawkins nos habla de un relojero ciego (The Blind Watchmaker), expresión un tanto desafortunada, por cierto. Mientras Darwin trataba de explicar el funcionamiento de su idea como base del progreso, Dawkins niega todo diseño. Todo, simplemente, sucede. Eso sí, se encontró con la irrupción de los nuevos descubrimientos biológicos sobre genética y, simplemente, abusó de ellos.
Si quisiéramos resumir la tesis que mantiene Dawkins la referiríamos al título de su obra: hay un relojero (que en ese caso no es Dios, sino la naturaleza misma) y éste es ciego (es decir, la naturaleza no evoluciona con un sentido o una finalidad); no hay diseño alguno en la evolución; es ciega). Digamos al paso que Dawkins indica que “el relojero que da título a ese libro lo he tomado prestado de un famoso tratado escrito por William Paley, teólogo del sigo XVIII,” Del que afirma que su argumento “está formulado con una sinceridad apasionada e ilustrado con los conocimientos más avanzados de su tiempo, pero es erróneo, clamorosamente erróneo”.
Con su tendencia a la dispersión, dedica unas cuantas páginas a distinguir lo que llama ‘cosas complejas’ (y aquí entra todo lo vivo) y ‘cosas simples’ (el resto, dominado por la física). En ese sentido añade: “La biología es el estudio de las cosas complejas que dan la impresión de haber sido diseñadas con un fin. La física es el estudio de las cosas simples que no nos incitan a pensar en un diseño deliberado”. Pero inmediatamente, al hablar de nosotros, los humanos, dice: “¿Fuimos también diseñados en una mesa de dibujo y nuestras piezas fueron ensambladas por un hábil ingeniero? Mi respuesta es que no”. El siguiente capítulo se abrirá rizando el rizo: “La selección natural es un relojero ciego, porque no ve más allá, no planifica las consecuencias, ni tiene una finalidad en mente”. Aunque a continuación trata de tranquilizar al lector admirado de los resultados de la selección natural: ·”El propósito de este libro es resolver esta paradoja para satisfacción del lector”. Gracias Mr. Dawkins. Aunque de momento lo hace perdiéndose en historias sobre el sistema de ecolocalizción de los murciélagos, el radar y el sonar. Tras ello, zarandea algo a Paley y critica al “honesto” obispo de Birmingham, Hugh Montefiore, por no compartir sus ideas, las de Dawkins claro
Esto lleva distinguir dos cosas diversas: la evolución y la selección natural. En el libro se señala esta ‘bastante irritante confusión’: “La mutación es azar; pero la selección natural es lo contrario del azar”. Dawkins va a sacar otro conejo del sombrero; tiene muchísimos, pero éste le va a dar mucho juego: es la mutación acumulativa. “La organización viviente es producto de una selección acumulativa”. Algo así como la cámara rápida que nos ahorra tiempo de espera. Requisito para su existencia es la reproducción.
De alguna forma se refugia en dos consideraciones: los cambios son mínimos y los cambios son numerosísimos. Esto entronca con su idea fundamental: la acumulación acumulativa en la que no rige el azar. Encaja en ese esquema, aunque sea un tanto a gorrazos, el mimetismo o la peculiar posición de los ojos de los lenguados. Durante muchas páginas Dawkins muestra su faceta de profesor de Zoología. Repasa auténticas curiosidades de la naturaleza que dejan en evidencia como ésta ha llegado a finalidades análogas por caminos distintos. Pero uno tiene la sensación de que olvida el destino de los fallidos ¿cuántos “homos” han existido y donde están los que no son “sapiens”? El elegante o la jirafa ¿no han dejado eslabones intermedios perdidos en su conformación? (luego se reirá de los que hacen esta pregunta). En sentido contrario ¿Qué tiene que ver nuestro ojo (porque el ojo es una obsesión de Dawkins) con el del mosquito que vuela antes de que le alcance nuestra mano? Uno de los hechos que destaca es la irreversibilidad de las mutaciones experimentadas por los organismos vivos.
Para probar sus asertos, Dawkins cuenta como creó su programa informático DESARROLLO, que simulaba mutaciones sucesivas simplificadas dentro de un esquema arboriforme. Al menos para mí, el resultado es francamente desilusionante y su alcance probatorio prácticamente nulo. A los dibujillos que obtuvo los denomina “Bioformas”, por recordarle imágenes prehistóricas de Desmond Morris que él utilizó en la portada de la primera edición de su Gen Egoísta. A DESARROLLO siguió REPRODUCCIÓN y a éste su “gran programa” EVOLUCIÓN”. Y nos los recordará en varias ocasiones.
Algo que indudablemente Dawkins trata de ocultar o disimular, como se quiera, es el momento científico en nos encontramos. Aunque lo duda a veces, cree que ya hemos logrado el desiderátum del conocimiento total que siempre late en el hombre. O casi. Todo ello va acompañado de la sensación de haber descubierto prácticamente todo, una sensación que uno ha visto en otros muchos momentos de la historia, vistos hoy como simples episodios de engreimiento en los que los científicos se creen poseedores de la verdad. El descubrimiento de la genética, el poder del ADN, el mismo darwinismo extremo producen esos goyescos fantasmas de la imaginación. Y un orgullo que hace que las posturas ateas sean una representación más del ya antiguo matar al padre. Por los parajes de la embriología y la genética va a discurrir el resto del libro, que se aventura incluso con los problemas del origen y nacimiento de la vida, de la pluralidad de orígenes de la vida. Pero siempre lo hace circunscrito a nuestra Tierra, ajeno a ideas de eternidad o de espacio. Realmente, el mismo ámbito en que Darwin hizo sus razonamientos.
Ms tarde se referirá la taxonomía. Y al hilo de ese discurso se referirá y criticará a los “gradualistas”, los “puntuacionistas”, los “saltacionistas”, los “interrupcionistas”, los “catastrofistas”, los “aceleracionistas”, los “cladistas”… Es una de las partes más interesantes del libro por lo que tiene de historia de las escuelas y teorías derivadas de Darwin. Los fósiles y su localización en islas y continentes son el telón de fondo de este capítulo.
En su página 170 el libro declara: “La idea básica del ‘relojero ciego’ es que no necesitamos la existencia de un diseñador para comprender la vida o cualquier otra cosa en el universo”. Y aclara que el problema con que se enfrente “quedará mejor explicado no considerando muchas teorías concretas, sino sólo una que sirva de ejemplo de la forma en que puede resolverse la cuestión primordial: cómo comenzó la selección acumulativa”.
Yo tacharía este libro de ser una obra “débil”. Con esta vaga expresión quiero aludir al sinsentido que supone la insistencia en la defensa de unas ideas ya admitidas por la generalidad de las personas (dejemos al simple seguir en su simpleza si no es agresiva), añadiéndolas arabescos laterales que las debilitan. Esa debilidad que se confirma con la forma, insultante y despectiva, con que Dawkins rebate a otros científicos cuando no coinciden con sus ideas, pese a que éstas se proponen siempre como simple creencias, convicciones personales y hasta puras opiniones.
Con todo, no son éstos los principales defectos del libro. Éste rebosa egocentrismo al partir de las tesis mantenidas por Dawkins como verdaderas e indiscutibles. No es una obra donde se mantengan unas tesis que se ofrezcan como hipótesis, de trabajo o no, al lector, sino que se le proporcionan como verdades absolutas, recurriéndose para ellos a la crítica de otras de otros expertos. Y dado el sesgo antirreligioso de Dawkins, dichas teorías se orientan a detener la evolución en la naturaleza, el relojero.
Richard Dawkins es un zoólogo. Como tal exhibe, además de su obsesión por el ojo, una amplia erudición con temas animales. El reino vegetal, también vida, queda sin tocar en absoluto. Hay temas ignorados como la rapidez de evolucionar de las bacterias frente a los antibióticos; o los cálculos que nos hablan de la subsistencia de sólo un 1 por 1.000 de los animales que han existido; o del sentido de la depredación; o del descubrimiento constante de nuevas especies… La realidad de la evolución merecería un tratamiento más serio o menos anecdótico que el que nos ofrece “El relojero ciego”. Añade dudas y no aporta explicaciones.
“El relojero ciego. Por qué la evolución de la vida no necesita de ningún creador” (352 págs) es un libro del que es autor Richard Dawkins, que registró su primer copyright en 1986. El libro en su traducción española ha sido publicado por Tusquets en la colección Metatemas en 2015.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Marcus du Sautoy : “Los mi5terios de los númer6s. La odisea de las matemáticas en la vida cotidiana”


El libro que ahora se está comentando propone la entrada en algo así como un paraje que anida cinco paraísos perdidos en donde realmente encontraremos ideas aún no desarrolladas y problemas aún no resueltos. Nos invita a un paseo entretenido e ilustrativo por ese mundo aún tembloroso de que se mueven los matemáticos y nos descubre al mismo tiempo la forma en que históricamente fueron progresando tratando de resolver los problemas planteados. Así podemos ver cómo surgió la topología, la teoría del caos o la informática.
Estos cinco paraísos están ideados para acompañarnos por el terreno de los siempre tan atractivos como misteriosos números primos (“El incidente de los primos interminables”), seguido del de las formas (“La historia de la forma elusiva”), de la afirmación de que en el juego puede no perderse siempre (“El secreto de la racha ganadora”), de que existe un código que no puede desentrañarse (“El caso del código indescifrable”), para terminar con la utilidad de la matemática para saber lo que nos espera (“En busca de la predicción del futuro”).
El autor es un matemático británico nacido en Londres en 1965. Goza de una gran reputación originada tanto por su trayectoria académica como por el hecho de ser el presentador en televisión de un programa dedicado a los números y emitido con el título “The Code” por la BBC. Aunque tiene la humildad de afirmar que ”los matemáticos no tienen respuesta para todo”.
 A propósito: la “boutade” de sustituir algunas letras por números es objeto de una curiosa modificación en la versión española. El título original de la obra es “The Num8er My5teries”; el de su traducción, “Los mi5terios de los númer6s”. Mientras se mantiene el 5, sustituto de la S, el 8 sustituyendo a la B, se transmuta en 6 que reemplaza a la O, ya que en la palabra “número” no aparece la B. Sin embargo, este hecho, el que originalmente se sustituyan letras por números, delata un cierto espíritu comercial del autor. O venal. Lo que se confirma cuando en el libro todo parece lleno de invitaciones para unirse a los problemas y soluciones incluidos en el libro y que reproducen, amplían o resuelven en una determinada WEB.
Los números primos: ¿Qué haríamos sin ellos? Uno piensa que permanecerán para siempre como la eterna pregunta a la que los matemáticos no sabrán responder. Aceptado ya que su número es infinito surgieron las incógnitas ¿cómo existen algunos tan próximos entre ellos y otros tan lejanos del siguiente? ¿a qué obedece su irregularidad de aparición? En definitiva, los números primos parecen gobernar muchos aspectos de la matemática sin que se sepa a qué se pueda deber esa extraña a dominación. Probablemente lo único que quede en claro sea nuestro pobre bagaje de conocimientos y la duda de si la matemática es únicamente una creación humana. Sin querer se recuerda el “degenerando, degenerando” de Juan Belmonte; sin faltar con ello a las personas ilustres por superiores que tantas veces se sintieron obligadas a correr tras de conejos mecánicos.
No es desde luego el mas brillante de los apartados del libro. Quizá la causa esté en que, anteriormente, ya Du Sautoy había publicado en 2003 un libro dedicado a los números primos y, lógicamente, pretendía no repetirse en exceso. Quizá lo más atractivo de este apartado sea la referencia a la fórmula propuesta por Martin Mersenne en el siglo XVII para encontrar grandes números primos. Se relaciona con la vieja leyenda del pago al inventor del ajedrez y se podría resumir así: “siempre que uno se fije en un escaque del tablero cuyo número de orden corresponda a un número primo, el número total de granos de arroz acumulados hasta ese momento será también primo”. La fórmula fracasó en el escaque undécimo: los granos acumulados era 2.047, cifra divisible por 23 y 89. Pero ha funcionado en otros casos. Otra cosa sugerente es lo sucedido con la afirmación iniciada por Gauss de que los números primos son cada vez más escasos a medida que el recorrido de su búsqueda progresa. Y que ese decrecimiento responde a un mismo factor: el 2,3.
“La historia de la forma elusiva” es el segundo de los espacios de que hablaba. Adolece de la misma acumulación de temas inconexos y heterogéneos. El mismo autor lo reconoce al indicar que “presenta un catálogo bastante completo de las extrañas y maravillosas formas que aparecen en la naturaleza”. ¿Qué duda cabe que las leyes físicas preceden a las biológicas y que éstas las asumen, parasitan o superan? ¿O que, a través de las primeras, la naturaleza orgánica busca una especial acomodación o comodidad? La aceptación de estas realidades justifica que se nos repase la preferencia por las formas esféricas de los perdigones o los balones de futbol, la peculiar de los granos de una granada, la vistosidad de los copos de nieve… hasta llegar a la fractalidad, la topología, y la forma del universo, aunque olvidando el caos o la igualadora entropía. Todo está contado amablemente, lleno de anécdotas entretenidas, pero casi siempre traicionando la promesa anunciada. Vistiendo a lo profundo de liviano.
El tercero de los paraísos al que nos conduce el libro es el referido a los juegos. Este es un mundo en donde nos vamos a enfrentar con la aleatoriedad y la probabilidad. Y también con la psicología ya que cuándo inicia su análisis lo hacen aludiendo al viejo juego de papel, piedra y tijera. El resultado que resulta es que existe una propensión a elegir la piedra, estimando el papel es algo muy vulnerable. Esto puede inducir a pensar que ello puede introducir cierta ventaja.  A partir de ahí recorrerá los distintos juegos, empezando por el póker y pasando por las loterías. Aquí ya todo será aleatoriedad y las probabilidades de acierto se disolverán en ella. Uno diría que el libro a partir de aquí es disuasorio: la matemática puede descubrirnos desequilibrios, pero éstos son siempre ligeros y de escaso peso. Algo que nos recuerda: doblando la anterior apuesta y pese al famoso “0” que convierte el 36 en 37, se lograría, echando tiempo y persistencia, un beneficio, Pero Du Sautoy nos recuerda: los casinos imponen indirectamente un obstáculo a esa técnica limitando la cantidad con la que se puede jugar cada sesión.
No puede resultar este apartado más disuasorio del juego En el juego no hay más que la suerte y los recovecos que nos pueda ofrecer la matemática y su cálculo de probabilidades son simplemente impotentes frente a ella.
Entramos en el cuarto que los apartados o capítulos y nos topamos con los códigos. La primera advertencia es que estamos rodeados de códigos desde el mismo lenguaje que a diario utilizamos hasta el ADN que gobierna nuestro organismo, pasando por todos los que nos ofrecen nuestros teléfonos o nuestra economía. La función habitual de los códigos ha sido ocultar el mensaje a los ajenos al mismo. Quizá la primera actuación de criptografía ha sido la de simple sustitución: una letra es sustituida por otra. La frecuencia de las letras en el lenguaje normal determinó que fuera necesario hacer más compleja la sustitución. Fue un camino que llegó hasta el famoso ENIGMA alemán donde la sustitución era continua. Al paso de esto, el libro nos cuenta curiosidades en torno a la forma en que históricamente se ocultaron los mensajes. Esta referencia a curiosidades desconocidas u olvidadas hace especialmente interesante la lectura de este libro. La historia de ENIGMA es, simplemente, fascinante: en su ideación, en su descubrimiento.
El quinto y último de los capítulos se titula “En busca de la predicción del futuro”. La tesis fundamental es clara: la matemática es el instrumento más adecuado para predecir el futuro, pero aun así hay muchos aspectos que no es capaz de cubrir. Achaca esto fundamentalmente a la imposibilidad de conocer todos los datos a partir los cuales sería posible una proyección segura. Así nos recuerda el fracaso de Poincaré cuando trató de resolver el problema planteado por el rey de Suecia sobre la posibilidad con posibilidad de que la tierra y el sistema solar colapsaran en un momento determinado. Poincaré rectificó su primer error al comprender que no podía conocer todos los datos precisos para llegar a una conclusión cierta.
Nació entonces el mito del movimiento de las alas de una mariposa. Nació sobre todo la teoría del caos cuya representación más palmaria era la imagen fractal. La imposibilidad de conocer con exactitud todos los datos de partida impedía la predicción del futuro, pero no implicaba que no se siguieran cumpliendo matemáticamente todas las reglas establecidas. Ni siquiera los más potentes ordenadores podían hacer los cálculos precisos para ello. Lo cual no implicaba que no pudiera llegarse a importantes aproximaciones. El autor nos recuerda el famoso quiebra de la banca de un casino por el simple hecho de lograr unos avisados tener únicamente una aproximación del ozono en que podía caer en la bola en la ruleta: una zona de solamente seis números contiguos. El de la cabeza y lo había hombre o si es mejor no está haciendo tipo de actos de.
Pienso que estoy ante un libro claramente mejorable. Sobran en él las redes comerciales tendidas para cazar adeptos. No tiene sentido el que parezca que se sostenga una determinada tesis sin que, propuesta en el inicio, alcance su confirmación en su final. Sobra la acumulación de datos heterogéneos y diversos, apenas relacionados con los temas planteados. He dejado pasar un tiempo y he vuelto a releer el libro, con lectura rápida cuando el interés no la detiene y la hace pausada. La sensación negativa persiste y aumenta. Las críticas no han desparecido y se hacen más presentes. Es un libro que, sin ser inútil, no parece necesario.
“Los misterios de los númer6s, La odisea de las matemáticas en la vida cotidiana”  (352 págs.) es un libro escrito por Marcus de Sautoy en 2010. Editado es España por la editorial Acantilado en 2012 y en 2015 en una tercera edición que es la ahora comentada.