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lunes, 5 de agosto de 2019

Daniel Closa : “Nanomedicina. La revolución de la medicina a escala molecular”


Es difícil ser divulgador de algo que todavía está en formación, que está surgiendo y/o se está descubriendo, y donde los fines y objetivos no está definitivamente fijados. En suma: se es divulgador de una aventura. Por fortuna, en este libro no se trata de abarcar el mundo extensísimo de la nanotecnología, sino solamente explicar lo que se espera alcanzar y cuáles son los caminos por los que los investigadores están alcanzando sus objetivos próximos. Y todo reducido a un único asunto: el médico.
Añadamos una autolimitación adicional: el acento fundamental de la investigación en este ámbito aparece ligado fundamentalmente a la técnica proporcionada por la nanotecnología, a un incremento novedoso de los medios ofrecidos por la tecnología. Y en este sentido hay que recordar los enormes avances de la medicina, singularmente en los campos quirúrgicos y farmacológicos. ¿Acaso se puede obviar el efecto de la digitalización creciente?
Hay algo que agradecer a Daniel Closa Autet, autor de este libro y de otros muchos, científicos y de ficción, biólogo e investigador del CSIC, dedicado actualmente de forma especial al estudio de la inflamación, especialmente en su relación con las funciones pancreáticas. Y ese algo a agradecer es que, antes de entrar en las consecuencias de la nanotecnología, dedique un buen número de páginas a explicar lo que realmente significa el prefijo “nano”. ¿Qué significa “nano”? Uno entiende que la mejor forma de comprenderlo es fijarse en la unidad de medida que se utiliza es ese mundo ”nano”. Así resulta que si el milímetro (mm) es la milésima parte del metro; y “micra” (en realidad “micrómetro”) es la milésima parte del milímetro; por fin, el nanómetro es la milésima parte de la micra. O sea, un número tiene 1000 milímetros, 1.000.000 micras y 1.000.000.000 de nanómetros (nm desde ahora). Pero penetrar en mundo de nanómetros supone mucho más: “en ese entorno cercano a las dimensiones atómicas prevalecen las leyes de la física cuántica”.
De todos es conocido cómo al doblar el tamaño de un cuerpo su superficie inicial se eleva a su cuadrado, y su volumen inicial a su cubo. Closa pone varios ejemplos, como éste: en una partícula de 1 cm³, unicamente 1 de cada 1.000.000 de átomos está en la superficie, en cambio, si la partícula es de 1 nm³, el 60 por ciento de los átomos lo estará”. Por la cosa no para ahí: la inmediatez determina un cambio total de “fenómenos como la transmisión del calor o de la electricidad”.  Ejemplo: “el oro, el cual tiene un punto de fusión de 1.063 cuando tiene tamaño macro y cerca de 200 cuando tiene tamaño nano”.
No acaba ahí la cosa: las ideas de ‘arriba’ y ‘abajo’ están conectadas a la existencia de la fuerza gravitatoria. Pero “en el mundo nano la fuerza de la gravedad resulta irrelevante y son otras fuerzas las que cobran protagonismo”. Y se nos citan la tensión superficial, la viscosidad del medio o el electromagnetismo como ejemplos de esas fuerzas inesperadas y habitualmente carentes de importancia.
Aparecen, por fin, los conceptos de nanoestructuras y nanomateriales. Estos últimos son materiales que “al menos en una de sus dimensiones, son inferiores a los 100 nanómetros”. Las nanoestructuras, a su vez, son ”las herramientas fabricadas con esos nanomateriales”. O sea, como IKEA: a uno le dan cuatro palos y uno monta el armario. La cosa ya va complicadilla cuando se añade un grupo especial de nanopartículas “esencialmente atractivo por sus posibilidades para transportar y liberar fármacos”. Al menos, con ellos pisamos ya terrenos médicos, es decir, lo prometido. Y ese grupo “es el constituido por las micelas vesículas formadas por una única capa de lípidos―, los liposomas ―vesículas formadas por una doble capa y los dendímetros familia de grandes moléculas―”. Bueno: como decía Cantinflas en una de sus películas: “No se desvalorine Don Crespi”; más adelante se nos explicará la importancia de la diferencia.
Y de pronto salta el grafeno la auténtica esperanza blanca que todos esperábamos y resulta que ya se conoce. Más: cuando escribimos con un lápiz lo que hacemos es extender capas de grafeno. ¡Y nosotros que no sabíamos que hablábamos en prosa! Pero hay que seguir esperando todo lo que el grafeno nos promete, que no es poco.
Entrando ya en el terreno de la nanomedicina, Closa recurre a distinguir las tres etapas de una actuación médica: el diagnóstico, el tratamiento y la regeneración. La idea está clara: la prevención que precede a la enfermedad, la anticipa y la denuncia con rapidez; el tratamiento o la terapia con la que, descubierta la enfermedad, es combatida; la fase reparadora que permita superar los estragos que la enfermedad haya producido. La realidad es que es posible que la nanomedicina haga inútiles esas distinciones
Comencemos por el diagnóstico. El nanodiagnóstico ocupa un lugar especial en la actualidad porque es quizá el que ofrece soluciones a corto plazo. Inmediatamente se nos ofrece una alternativa; el nanodiagnóstico “in vivo” (es decir el que sea realiza dentro el cuerpo humano) y el nanodiagnóstico “in vitro” (que se realiza sobre muestras que se extraen del organismo), mucho más asequible. En ese campo tiene especial relevancia los nanosensores, compuestos de un elemento receptor que detecta una sustancia y un sensor que interpreta ese reconocimiento y nos lo hace inteligible: nos lo cuenta, nos lo describe. Con ellos se logra penetrar en el cuerpo sin romper su envoltura externa. Un viejo sueño apenas roto hoy por los rayos X y los TAC.
El tratamiento de la enfermedad, es decir la terapia, constituye realmente el centro del problema, pero, como aclara el libro, “siempre ha sido lidiar con un problema de difícil solución: controlar de manera eficiente el destino final del medicamento”. Quizá por esa razón el libro se concentra en la terapia de dos enfermedades: el cáncer (donde el problema, es determinar el lugar al que debe llegar el tratamiento o la medicación) y la diabetes (donde el problema radica en determinar el momento en que debe llegar esa medicación o tratamiento)
Llega la regeneración. Algo así como el “los ciegos ven, los cojos andan…” del que nos habla el evangelio de Mateo (11:5). Closa nos aclara que la medicina regenerativa se ha definido como “aquel proceso por el que se regeneran tejidos funcionales para reparar o reemplazar órganos cuyas funciones se han perdido causa de enfermedades, la edad, daños o defectos congénitos”. Inevitablemente hacen aquí su presencia las células madre. Uno aprende la diferencia que existe entre las células madre: las “tutipotentes” (capaces de convertirse en toda clase de células), las “pluripotentes” (que ya se sitúan fuera de la placenta, pero conservan la capacidad de conservar su pluripotencia) y las “multipotentes” (que sólo son capaces convertirse en otras clases de células). Dos graves inconvenientes surgen en este sentido: las reacciones inmunológicas que pueden producir y el hecho de que las células madre pluripotentes, capaces de convertirse en cualquier tipo de células, supone la utilización de fetos humanos. El japonés Yamanaka es presentado como el adalid de ese nuevo frente a conquistar sin ofender la moral.
Otro hecho importante que recuerda el libro es la distinta capacidad de recuperación de los distintos órganos del cuerpo humano. Desde la extraordinaria capacidad de recuperación del hígado a la mínima del cerebro. O la constante reconstrucción que lleva a cabo el sistema óseo. Cosa de osteoclastos y oseoblastos nos explica el libro; algo que uno no pone en duda, claro.
Hay algo que supone un más allá de la regeneración: la lucha contra el envejecimiento. El libro es prudente; señala esta lucha como un objetivo aún no logrado, pero expone los cauces por los que, a la larga (nunca a la corta), podría ser alcanzado. Un sueño que uno ve incompatible con la ley biológica de la vida como algo transitorio y fugaz. Una aspiración que sería insostenible social y económicamente y acabaría probablemente a una regulación legal de la eutanasia no consentida. Quizá por esa razón el libro se queda en constatar una vieja aspiración y una tímida esperanza.
Pero Daniel Closa nos vuelve, en el final de su libro, a la realidad. “Hoy día empezamos a entrever las posibilidades de la nanomedicina y el sentimiento que nos despierta oscila entre la incredulidad y el vértigo”. En unas personas primará la incredulidad; en otras, el vértigo. En los que, por viejos, no veremos nada de lo que se nos anticipa, será el vértigo lo que predomine. La vejez permite ser más crédulo sobre las posibilidades del futuro. En lo que se coincide con el autor es que, aunque la historia recoge avances estelares de la medicina (trasplantes, asepsia, antibióticos, anestesia, biónica…), “en esta ocasión en cambio, estamos asistiendo a un cambio que afectará a todos los campos de la medicina con potencial para transformar prácticamente todas las especialidades”. Hay que destacar, por fin, el continuo reconocimiento que Closa rinde a Feynman como fundador de la idea del mundo nano en su conferencia del 29 de diciembre de 1959, “There’s Plenty of Room at the Bottom”. El viejo sueño de introducir al cirujano en nuestro cuerpo. Como en el “Viaje alucinante” de Richard Fleischer.
El libro es interesante. Quizá se excede en las explicaciones técnicas que proporciona sobre aspectos médicos y con las que el lector medio se siente aplastado y agobiado. Pero son explicaciones que, en muchos casos, caerán en tierra fértil y serán aprovechadas o, incluso, forzarán al lector a tratar de penetrar en ese mundo hostil. Pero, a pesar de todo ello, es un libro, apenas un librito, que merece que contemplemos la realidad que viene y la asumamos. “Por mí y por todos mis compañeros”, como se dice en muchos juegos infantiles. La revolución, como se decía del amor en una vieja canción, “is just aroud the corner”. Y cuando una cosa está a la vuelta de la esquina debe cogernos avisados. Por eso este libro es interesante.

“Nanomedicina. La revolución de la medicina a escala molecular”(140 págs.) es un libro del que es autor Daniel Closa en 2017, mismo año en el que fue publicado por RBA en su serie “Coleccionables”. En 2019 se reeditó por RBA Libros S.A., que es la edición aquí comentada.

sábado, 8 de junio de 2019

Adela Muñoz Páez : “Historia del veneno. De la cicuta al polonio.”


 
Uno se topa de nuevo con un título tan sugerente como engañoso. Promete una historia del veneno cuando lo que vende son historias básicamente de envenenamientos donde el veneno tiene una presencia a veces casi testimonial. La autora, profesora de química como veremos, explica así esta anomalía: observó en sus alumnos una especial fascinación por los venenos y concibió la idea de escribir un libro sobre éstos. Sin embargo, “al comenzar a escribir sobre ellos encontré que las historias que rodeaban a los envenenamientos eran mucho más atractivas que los aspectos químicos o toxicológicos de los mismos”. Y cambió el rumbo de su proyecto, eso sí, olvidándole de cambiar su título que debiera haber sido algo así como “Envenenamientos de la historia”. Ni siquiera hubiera valido el de “Historia de los envenenamientos”.
La autora, Adela Muñoz Páez presenta un perfil curioso: se habla de ella como escritora y profesora de química. Esto último viene avalado por el hecho de ser catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla y especialista en Espectroscopia de Absorción de Rayos X (EXAFS) aplicada a la caracterización de materiales. Lo primero, el ser escritora, está justificado, más que por la publicación de más de un centenar de artículos de carácter científico, por la intensa actividad de publicación de libros, de divulgación especialmente, que inició en 2012 y que cuenta hasta 2018 ocho títulos.
El libro aparece dividido en tres periodos. El primero se refiere a la edad más antigua. El veneno más conocido, pero no el único, fue la cicuta y su ejemplo el envenenamiento de Sócrates, descrito minuciosamente por Platón. Fue una época en la que el veneno se utilizó como arma habitual para eliminar adversarios, hasta el punto de que dio lugar a una verdadera obsesión en la búsqueda de medidas de evitarlo, desde la utilización de víctimas que probaban los alimentos a la habituación mediante la ingestión continuada de pequeñas cantidades de veneno. Fue el caso de Mitrídates, el “re di Ponto” mozartiano, que se aplicó en la búsqueda del antídoto universal ayudado por su médico Kratevas. Descubierto el “mitridatum”, tuvo que recurrir a la espada para suicidarse por no resultar eficaces los venenos. Desfilan luego Cleopatra con su curioso envenenamiento mediante áspid y Roma, donde pasan los emperadores sin más notable aportación que los “probadores” de alimentos. Socialmente, sobre todo en las clases altas, es de destacar el temor constante al envenenamiento. No parece la parte más brillante del libro.
El segundo periodo histórico contemplado es el que se sitúa sobre los siglos XVI y XVII. Son piezas sueltas y amontonadas que se abren con la historia de los Borgia. La figura de Alejandro VI, papa, y de sus hijos, Lucrecia, César y Juan, componen un pasaje de lectura amena y entretenida. Como de costumbre estamos ante una historia de hechos, un verdadero cuento en el sentido más noble de la palabra, es decir el de narración. Nunca de explicación o interpretación. No podía faltar tampoco a la cita la corte de Luis XIV. Por fin, el apartado referente a “aquelarres y vuelos de brujas” parece preocuparse más de drogas y ungüentos que de venenos, lo que permite a la autora una interesante incursión en estos campos, Salem incluido.
Como es habitual, la presencia de envenenamientos en la historia se atribuye a una utilización “social” de los mismos. La concentración de acusaciones sobre los Borgia se acentúa, según destaca la autora, por el hecho de ser de origen español y tener que soportar el influjo de la leyenda negra. Lleva a cabo la típica asociación de una época con determinados venenos, en este caso la “cantarella”, cuya posible composición, su relación con el arsénico y sus efectos son descritos muy sumariamente.
Del enema con que se envenenó a un tal Overbury, personaje que se movió en el turbio escenario e los Estuardo y los Tudor, el libro salta a la consideración del mercurio como veneno. Y resulta que más que veneno es simplemente tóxico. Y que en su estado natural puede beberse sin ningún peligro; éste reside en las formas en que aparece como componente de otros productos que ahora se repasan. Pero eso no obsta para que se insista en la utilización tradicional del mercurio como medicina y como elemento fundamental para la alquimia, entre cuyos practicantes no duda en incluir a Newton. Uno recuerda el muy usado “Optalidón” para combatir el dolor, con compuestos de mercurio y hoy descatalogado una vez comprobada su peligrosidad.
Acabo de indicar que el mercurio “más que veneno es simplemente tóxico”. ¿Es correcto decir esto? Pues resulta que no; si vamos al Diccionario de la Lengua, el DRAE, además de encontrarnos acepciones que aluden a daños morales y sentimientos negativos, el veneno se caracteriza por producir graves alteraciones funcionales e, incluso, la muerte. Una segunda acepción califica de veneno de “cosa nociva a la salud”. Algo realmente maximalista. Uno veía el veneno como el “veneno reventiño” con el que se hacía referencia al veneno que mataba. Ahora tengo que admitir que hay venenos reventiños y no reventiños (aclararé que “reventiño” es un término que no figura en el DRAE pero que uno asumió al ser de uso común en su lugar de origen, pero que algo tiene que ver quizá con Saturnino Calleja y sus cuentos de los años 20). Rectificado así el concepto de veneno, las cosas encajan. Veneno no es un concepto amplísimo, pero sí amplio.
Queda entonces la cuestión de la malignidad de la utilización de los venenos. La intervención del hombre. En no pocas ocasiones han sido utilizados con finalidades médicas. En otras, han sido manejados con objetivos científicos sin prever sus resultados nocivos, lo que típicamente sucedió con el matrimonio Curie y los materiales radiactivos. O, de manera más lejana con los alquimistas (en los que incluye a Newton o a San Alberto el Magno) en los que la curiosidad investigadora buscaba logros económicos.
Algo peculiar en esta lectura es cómo se suceden sin demasiado sentido las páginas en las que, efectivamente, se trata de los venenos, su composición, su obtención, su peculiar tráfico y sus efectos más o menos mortales, y aquellas otras páginas en las que se nos ofrecen históricas, muchas veces poco conocidas, narradas de forma que pudiéramos llamar muy periodística, sin adentrarse nunca demasiado en la psicología del envenenador y narrando los hechos de forma clara y sencilla. Ese contraste es algo a lo que uno se acostumbra rápidamente. Aunque era algo que no esperaba.
Lo que, en momentos determinados, se echa en falta en la lectura del libro es una formalización o análisis de la socialización de los venenos. La autora insiste en varios momentos que el envenenamiento era algo así como una costumbre social. Aunque destaca épocas en que su uso está más extendido que en otros, lo cierto es que lo toma como algo de presencia constante en la humanidad.
En referencia a aquella publicación llamada “El Caso”, el libro indica que reflejaba “un panorama de la España de la época bastante sórdido, lleno de criadas resentidas, amantes despechadas, mujeres maltratadas y niñas que sin haber terminado de crecer se veían obligadas a hacer de madres de sus numerosos hermanos”. Dada la tendencia feminista ―no radical hay que entender de la autora evidente en su biografía reciente, hay que suponer que esto más que una acusación a un género (como ahora se dice) lo es a una época. Sin embargo, esa imputación a las mujeres parece persistir en otros pasajes del libro. Hay que entender que no es que las mujeres utilicen más los venenos sin justificación, sino que en todo crimen subyace la voluntad de ocultación o, al menos, de discreción. Y que ésta, junto con la persistencia de la venganza, corresponde más a la identidad femenina, sin la violencia explosiva a la que tiende el varón.
La tercera parte del libro, dedicada al fin del milenio, comienza por una larga referencia al arsénico al que tacha de “rey de los venenos”. Las indicaciones técnicas de este veneno, también usado como medicina, se alternan con referencias a crímenes cometidos con este veneno por envenenadoras. Aparecen nuevos venenos: la estricnina, la morfina, la belladona, el opio, por ejemplo. O el cianuro. Göbbels y Rasputín se añaden al gran número de mencionados. Y la monstruosa orgía que supuso el uso del Zyklon B en los campos de exterminio, impuesto por simples razones económicas y psicológicas. Y, por fin, Turing que, acosado, mordió una manzana con cianuro. Un error del libro es abordar, muy superficialmente, la eutanasia en la que la utilización de venenos es cómoda y simple. La eutanasia es un problema más profundo; distinto, en definitiva.
Pasa luego a examen el talio, un elemento químico que se usó como depilatorio por ser uno de sus síntomas la caída del pelo y que fue muy citado por no dejar rastros. El progreso hará a saltar a primer plano al polonio. No es que Litvinenko, el antiguo miembro de la KGB fuera su única víctima, pero las incidencias de su muerte conmovieron e inquietaron a la opinión pública y merecen ser recordadas.
¿Cómo resumir la sensación que produce este libro? El intento de mezclar dos tonos: el didáctico y el episódico está casi logrado, pero no del todo. El libro, así, entretiene y está bien escrito. Sirve para ampliar la idea de veneno, sin llegar a incluir en ella cosas como el cambio climático, la carne roja o el alcohol. Sorprende que casi todos los venenos importantes fueron en su día, y aun ahora, utilizados como medicamentos. O el desenfoque sufrido por mentes de cuya brillantez nadie duda.
Es un libro entretenido, de fácil lectura porque está bien escrito. Tiene excesos y defectos que no deben arredrar al lector, que probablemente disfrutará con su contenido. Si no le afectan las descripciones un tanto crudas de las muertes de los envenenados que, por descontado, no se ahorran. Estamos hablando de venenos nada menos.
“Historia del veneno, De la cicuta al polonio.” (302 págs.) es un libro del que es autora Adela Muñoz Páez en 2012 siendo publicado por Debate el mismo año.