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jueves, 29 de agosto de 2019

José Luis Comellas : “Historia sencilla de la Ciencia”.


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¿Estamos ante un historiador o ante un astrónomo? Porque José Luis Comellas García-Llera, coruñés, es ambas cosas, aunque se tiende a considerarle profesional de lo primero y aficionado a lo segundo. Consideremosle ahora como un divulgador.

¿Es fácil escribir “historias sencillas”? Más aún: ¿es posible? Es lo que me pregunto cuando comienzo la lectura de este libro; una lectura y amable en todo caso. Toda historia o es complicada o es simple historieta. Y este libro es historia, que difícilmente puede aspirar a la sencillez, salvo confundiendo ésta con la brevedad. Quizá sea ésta la única objeción grave que puedo dirigir a este libro que, en ocasiones, parece ser una estantería sobre cuyas baldas podemos ordenar nuestros conocimientos

La ciencia se ha sido integrando con los avances realizados por personas concretas. El libro nos trae el recuerdo y el nombre de los más importantes. Aquí pretendo seguir otro camino, prescindiendo en la medida de lo posible de esos nombres, por otra parte, de sobra conocidos por todos. Va a ser como considerar que la historia de la ciencia es solamente el resultado de todas esas personas, que, sin pretenderlo, van estableciendo nuevos caminos a la humanidad.

El hombre no es creador. En unos casos es descubridor de lo que la naturaleza esconde; en otros, es inventor que aprovecha lo que la naturaleza encierra potencialmente. La ciencia termina así siendo conocimiento y aprovechamiento de lo que la naturaleza tiene y está a nuestro alcance.

José Luis Comellas estructura su historia ajustando la historia de la ciencia a la trayectoria de la humanidad. Pero ¿qué es ciencia? Varias páginas se dedican al intento de definirla, aunque únicamente se llega a un cierto relativismo, histórico o no, en el que no falta una cierta propensión a hacer de la ciencia un reflejo del perfeccionismo tecnológico. ¿Podemos confundir la ciencia con los grandes avances que Comellas destaca como el invento del arco y las flechas, la utilización, el mantenimiento o la generación del fuego, la rueda, la numeración... tantas cosas? Él, en el fondo, no lo confunde y lo prueba la escasa atención que en el libro presta a los imperios orientales (Mesopotamia, Egipto, China) y clásicos (Grecia, Alejandría, Roma), para remansarse en la oscuridad medieval. La luz vendrá de mano de la ciencia, tan distinta de la cultura.

La Alta Edad Media, los tiempos oscuros, se nos ofrece como una época peculiar en la que Europa, y con ella Occidente, decae y se oscurece, mientras el imperio islámico de reciente creación florece. Un florecimiento un tanto peculiar porque en realidad los árabes son más bien transmisores de descubrimientos ajenos, indios o chinos fundamentalmente. Una función que más adelante cubrirá la Escuela de Traductores de Toledo, cuyas dos etapas distingue bien Comellas. La Baja Edad Media traerá importantes adelantos en medicina, navegación y, sobre todo, las universidades y el neto desplazamiento de lo eclesiástico, sustituido por la mayor presencia de lo civil.

De la Edad Media se salta al Renacimiento con su carga de humanismo, sintetizada en la profunda fe que el hombre adquiere sobre sí mismo. El descubrimiento de América, la invención de la imprenta, la revolución copernicana y la reforma del calendario serán los únicos jalones sobre los que Comellas se solaza. Prima la nueva visión sobre los hechos y la revolución es más espiritual que material.

Causa cierta sorpresa el tratamiento que se ha da al siglo XVII. Un tiempo en donde el hombre parece meditar la realidad descubierta. Por esa razón no son tanto los inventos como los científicos los que empujan a Comellas a referirse personajes de tanto peso como Descartes, Newton. Galileo, Torricelli, Leibnitz, Copérnico, Kepler, Napier… No es un siglo de descubrimientos, sino de esclarecimiento y definición de principios que permitirán el avance futuro de la ciencia. Sus aventuras y curiosidades son descritas de forma que a uno le atrae poderosamente. Bien descritas sus vidas, basta muchas veces la simple referencia a sus descubrimientos para que resultan suficientes, dada su vigencia en la ciencia moderna.

Comellas nos pinta el siglo XVIII como un remanso relativamente pacífico que coincidió con un avance en el campo económico y de la técnica. “Un siglo particularmente amable en que las cosas marchan bien”; justo lo preciso para, como mito, surja la noción de progreso en la que se afana la sociedad y el poder. Surgen las instituciones y la Enciclopedia, pero no hay grandes nombres que traigan auténticas revoluciones en las ciencias; sólo hay un progreso pausado y continuo. Si algo destaca en este siglo es lo que Comella denomina triunfo de las ciencias naturales. No en balde ”el viaje se convirtió en una especie de deber de las clases cultas”.

La Ilustración marcó una etapa especial y maduró a lo largo del siglo XVIII. Comellas nos va a ofrecer una explicación: “el siglo XVIII fue más bien pacífico” y añade que “fue un siglo particularmente amable, consciente de que las cosas marchaban bien. Quizá por eso mismo el progreso se convierte en un mito”. Interesa aumentar los conocimientos y para ello las academias sustituyen a las universidades y se hacen apetecibles a las clases altas. Se ensalza la Razón y se inventa. Pero, por ese mismo, no hay grandes personalidades que citar como revolucionarios de la ciencia.

Como en una obra teatral, el siguiente acto cambia de escenario. Llega la Revolución y el cambio de Régimen en lo político: ¿tendrá su resonancia en lo social donde la nobleza es sustituida por la burguesía? ¿Qué influencia tiene ello? Pues simplemente que surge la idea del capitalismo que traerá consigo una atención desmedida a las ciencias como camino para lograr mayores márgenes y ganancias. Lo que conduce a la “asociación, buena o no, pero casi siempre indispensable, del inventor y un socio capitalista”, en el libro se evidencia ello en la referencia a los grandes progresos que se realizan con una pretensión práctica y económica como la máquina de vapor (Watt), el barco de vapor (Fulton), el ferrocarril (Stephenson)

Termina ese siglo dando paso al ya muy próximo siglo XIX, revolucionario en lo político y en lo social. En lo político la Revolución francesa marcará el triunfo de las ideas de la Ilustración, y la irrupción de los nacionalismos, tan románticos ellos. En lo social, todo se centra en la aparición de una revolución industrial que será posible cuando la figura del inventor se encuentre con la del socio capitalista. Importa más la aplicación práctica de la ciencia que la formulación teórica de sus principios. Así destacarán los inventos que se producen con la utilización del vapor, la innovadora tecnología textil, el uso de la electricidad o el avance de las comunicaciones con el ferrocarril. La medicina vivió avances, entre los que destacaron la anestesia y la idea de la asepsia.

El invento y el inventor atraen la atención de Comellas. El inventor no es precisamente un científico, sino algo distinto. Cita como ejemplo a los inventores del avión, los hermanos Wright, dueños de un taller de bicicletas.

El siglo XX resulta crítico en la narración. Comellas parece distinguir dos etapas: la primera coincidente con el nacimiento y primeras décadas del siglo; y la segunda, manifestada fundamentalmente tras la segunda guerra mundial. La primera está presidida por lo que califica de angustia científica, una angustia provocada por el hecho de que las bases firmes sobre las que se creía fundada la ciencia fundamental se derrumban. “las cosas no eran tan sencillas, tan ‘explicables’ como se suponía y es preciso aceptar, por doloroso que resultara, una realidad infinitamente más compleja”. El libro se refiere en concreto a las conmociones que supusieron las innovadores teorías de Mach, Einstein, Planck y Freud. Gaston Bachelord fue quien definió esa nueva realidad como “angustia de la ciencia”, idea que recibe y acoge Comellas.

Resulta sorprendente la forma en que, como describe el libro, el mundo se sobrepone a esa angustia, no solamente socialmente, sino también científicamente. “A la actitud de angustia existencial de la primera mitad del siglo XX ha sucedido otra actitud, la posmoderna, que evita intranquilizarse por lo que no nos atañe directamente a la vida y a los intereses de cada uno”. Una especie de “etapa de transición” según algunos. Pero “las actitudes de desesperación no están ahora de moda”.

Al libro le basta con referirse al nuevo panorama que nace en la segunda mitad del siglo XX y progresa de manera increíble: los avances en la cosmología, la inesperada energía, el desarrollo de la electrónica, la informática invasora, la nueva medicina… Todo acompañado de nuevos términos y conceptos.

Concluye el libro afirmando que “la ciencia progresa, ha progresado siempre”. Pero al mismo tiempo alude a la sustitución de protagonismos en ese desarrollo y su sentido acelerado, que llega crear temor. “El endiosamiento del sabio… ha sido siempre peligroso, lo es y seguirá siendo”. ¿A dónde vamos? ¿Hasta dónde podemos llegar?

Un libro como este nunca sobra. Repasa lo que ya conocemos y nos aviva e ilumina su recuerdo; amplía nuestros conocimientos, siempre limitados; nos proporciona una visión nueva de dónde estamos, de dónde venimos y dónde estamos, gente perdida en el alucinante siglo XXI. Es su visión, claro, y por ello susceptible de críticas y disidencias, pero no es dogmático. Es como una narración con algunos subrayados, que son los que justamente interesan y atraen.

Todo fluye tranquilo y engarzado. Se puede abrir el libro por cualquier parte y leer. Las grandes figuras de la ciencia aparecen humanizadas y con sus servidumbres, sin que se deje de resaltar la importancia de sus descubrimientos o pensamientos. O sea, un libro entretenido, cómodo y amable, al que no es necesario prestar un especial esfuerzo de fe, como a tantos les sucede.

“Historia sencilla de la ciencia” (318 págs.) es un libro del que es autor José Luis Comellas, publicado en su segunda edición en 2009 por Rialp, tras la primera de 2007.


martes, 21 de agosto de 2018

Federico di Trocchio : “Las mentiras de la Ciencia. Por qué y cómo engañan los científicos”


Aún no han pasado cinco años desde que murió Federico di Trocchio, destacado como historiador de la ciencia italiano.  Hace 25 años publicó este libro, pero ¿qué sucede en 25 años en un tiempo tan cambiante como el actual?
El libro parece tener dos partes: una histórica, en donde se recogen los grandes fraudes científicos, y otra, que podemos calificar de actualidad, en la que se vierten consideraciones sobre la política de investigación. La primera puede calificarse de realmente histórica, en tanto que la segunda hubiera encajado mejor en un diario o una publicación periódica, en donde se sabe que el autor y su comentario están sometidos a la ley del paso del tiempo que convierte la queja o análisis en documento histórico que unicamente refleja un momento dado.
Aunque la traducción del término italiano del título original, “bugie”, es realmente “mentira”, el libro comienza a referirse al engaño, al que considera un arte y algo ya arraigado en el mundo científico. Salta la noción de “engañología”, “ciencia que enseña a los científicos cómo engañar a oros científicos. Estos a su vez convencen a los periodistas, quienes finalmente se encargan de seducir a las masas”. Pero son los científicos las verdaderas víctimas de las falsificaciones. Anticipemos que Di Trocchio se mueve en un plano donde los conceptos de ciencia, científico e investigación tienen un perfil peculiar del que, con sinceridad, discrepamos. Por vago y por mutante.
El mundo de los engaños científicos que denuncia es el de la búsqueda de apoyos económicos, y subvenciones. Por eso habla de dos aspectos al afirmar que esta ciencia, la engañología, “contempla dos secciones: una burocrática y la otra más técnica”. Añade que “la burocrática es la parte más fácil, aunque no por ello más importante”, pero “el verdadero núcleo de la engañología es la parte técnica”. Todo “nace virtualmente cuando la ciencia de vocación se transforma en profesión”. Ello lo sitúa cerca del año 1945 cuando surge la Big Science. Todo le conducirá a problemas trascendentales como son la distinción de la verdad de la falsedad o de la motivación del científico engañoso.
Que la orientación del libro es un tanto peculiar lo demuestra el hecho de que los primeros personajes que reciben sus andanadas son Tolomeo, Galileo y Newton, a los que acusa de haber afirmado que han llegado a conclusiones a través de experimentos y observaciones que nunca realizaron o realizaron de forma distinta de la descrita o con resultados diferentes de los descritos o que, simplemente, tomaron de otros. Pero ¿no estábamos hablando de las falsedades actuales de los científicos? El mismo Di Trocchio parece rectificar en parte ese juicio cuando habla del distinto talante del científico que podemos llamar histórico y el actual. El primero “engañaba” favoreciendo la ciencia y la búsqueda de la verdad, sobre sus propios intereses; el científico actual hace justamente lo contrario. O sea, el comentado paso de la vocación a la profesión.
En ocasiones, los engaños científicos desembocan en litigios. Desfila en primer lugar Stephen Browning, defensor de estimulantes en lugar de neurolépticos en el tratamiento de retraso mental; un juez le condenó en 1988. Sigue Robert Gallo, a quien tradicionalmente se le ha atribuido el descubrimiento de los retrovirus de la familia HTLV, a uno de los cuales el HTLV3 se le atribuye el sida; un acuerdo amistoso entre entidades norteamericanas y el Instituto Pasteur, que defendía la autoría del descubrimiento a Montagnier, acabó en 1987 con un acuerdo amistoso. Un tercer ejemplo: David Baltimore, virólogo que, denunciado, dimitió en 1991. Y Claudio Milanese, Una historias prolijas y cansinas, llenas de datos sobre las controversias mantenidas y que permiten a Di Trocchio argumentar que hoy se cometen más estafas y mentiras que en el pasado, simplemente porque se mueve más dinero. No es casualidad afirma que el mayor número de fraudes se producen en el ámbito de las ciencias biomédicas, el área a la que los Estados Unidos han dedicado mayores inversiones.
En el libro se considera una fecha fundamental la de 1968, año en el que James Watson confiesa en su libro “La doble hélice” la forma torpe con que llegó a descubrir (junto con Wilkins y Crick) el modelo del ADN. Watson “era el típico representante de una nueva generación de jóvenes científicos insensibles, cínicos, amorales”. DI Trocchio entiende que el “nuevo tipo de científico que Watson y sus colegas encarnaban era que su trabajo se veía condicionado por una estructura económica completamente diferente a la que había avalado el trabajo de los científicos en el pasado”. Al hilo de ello, se nos expone una vieja distinción entre el “otium” y el “negotium”. Este último aludía en definitiva a la actividad del hombre dirigida a su subsistencia, es decir, a la obtención de los medios económicos para vivir. En sentido contrario, el “otium” era el tiempo que, fuera de aquél, dejaba a la persona un ámbito de libertad, que el científico antiguo dedicaba a la búsqueda de la verdad y al conocimiento. La carrera eclesiástica o universitaria, el ejercicio de una profesión liberal o la enseñanza proporcionaban el “negotium” dejando campar al científico por el “otium” libremente.
Todo cambia a través del tiempo. Surgen los mecenas o la revolución de Colbert en el siglo XVII. “El Estado había decidido pagar la actividad de la investigación del científico sin pedirle nada a cambio”. Aparecerá entonces el término “científico” para referirse a estos ociosos. Y será en los Estados Unidos donde definitivamente el científico pierda su libertad: “En Estados Unidos en científico no podía ser un “ocioso””. No era algo impuesto por lo militares, sino por el espíritu pragmático y eficiente de la sociedad norteamericana. Edison pasa a ser el representante de la nueva ola. A Di Trocchio parece olvidársele algo muy relacionado con ello: la irrupción del ámbito privado, de la empresa privada, junto al clásico escenario de la investigación pública.
Lo que sí le preocupa es el empobrecimiento del científico. El número de éstos crece exponencialmente, pero no lo hace ni el grado de genialidad o de entrega. Surgen los Comités de reparto de subvenciones, el descarte de las ideas avanzadas, el recurso al engaño, la connivencia de los organismos que distribuyen los fondos, la burocratización de las concesiones, la desaparición de la iniciativa en favor del encargo; en suma: la pérdida de la libertad que existía en el “otium”. El fenómeno lo sitúa Di Trocchio en Estados Unidos, pero pronto se transmite a Europa. Lo que le lleva a preguntarse cuál será el futuro de la Ciencia, lo que resuelve en primer término remitiéndose a las ideas del historiador de la ciencia y matemático británico Dereck John de Solla Price, creador de la cienciometría, que planteó algo así como un apocalíptico panorama de estancamiento que ya en nuestros días debiera estar manifestándose. Di Trocchio asume la propuesta de Price: “transferir progresivamente la actividad de investigación a los países en vía de desarrollo”, no ocultando la idea subyacente: “la historia de la ciencia demuestra con bastante claridad que los científicos siempre han producido más cuando se les ha pagado menos”. Pero parece que la idea va siendo acogida por las organizaciones internacionales. O sea: más trasfondo de dinero.
Di Trocchio dedica parte del libro a narrar famosos casos de engaño y mentira. Digamos que es la parte aburrida y carente de interés de su contenido. Por ello prescindo de comentar todas ellas. No podían faltar, sin embargo, a la cita las mentiras de los médicos, lo que llama “delitos con bata blanca”. Repasa, siempre con el mismo estilo cansino y agobiante, los grandes errores que han causado los fallos médicos más notables. Falto a su deber de historiador, se convierte es un gacetillero que repasa en primer término la causa de la talidomida y los problemas que, como autor de falsificación, sufrió el médico australiano William McBride. Siguen las penalidades que, como falsificador, padeció el cardiólogo Eugene Braunwald. Más interesante es el tema de los falsos trasplantes, cuya manifestación más aparatosa fue el trasplante de testículos del doctor Voronoff que, en torno a 1920, se puso de moda; curiosamente se nos dice que Anatole France fue uno de los trasplantados. No fue el único caso de mentiras en torno a los trasplantes, pero a quien Di Trocchio concede la palma es a los oncólogos. Aclara que “en el campo médico el fraude científico se manifiesta ante todo en los casos clínicos inflados”. “Los médicos declaran tanto en los congresos como en sus artículos, haber operado o curado muchas más personas de las que ha tratado en realidad.
Queda una cuestión candente: el móvil. ¿Por qué los científicos actuales engañan?  No todos. Ni siquiera probablemente los más. Di Trocchio rechaza la referencia a la defectibilidad humana a tenor de la cual también los científicos son hombres con sus debilidades y bajezas. Pero esa explicación no le gusta. Afirma que “las estafas científicas de hoy en día tienen más que ver son la estructura socioeconómica de la ciencia que con su lógica”. Los científicos que engañan hoy son los que ha llamado “mercenarios de la ciencia”. Pero el libro termina cayendo en el agujero negro que representa Popper. A partir del ahí se alabará el error y la falsificación. Se invoca entonces a René Thom, fundador de la teoría del caos, para apoyar su idea: ”en ciencia siempre lo falso genera lo verdadero”. Otra cosa son las estafas “insignificantes”. Pero nuestro conocimiento se va apoyando en errores y equivocaciones. Di Trocchi repasa la pérdida del “paraíso de las ecuaciones lineales” que supuso la teoría del caos de Edward Lorenz: la exactitud perseguida por la ciencia era ya imposible y la aceptación de la “mentira”, necesaria. Al final sólo pide un esfuerzo para devolver a los científicos su dignidad y su libertad.
El libro muestra dos aspectos problemáticos. El primero es la incidencia del paso del tiempo a lo que parece especialmente vulnerable. El segundo, la vaguedad y ausencia de definición con se manejan los conceptos básicos utilizados. Una pena. Pero queda su crítica y su amargura, lo más valioso de su contenido.

“Las mentiras de la ciencia” (págs.) es un libro escrito por el italiano Federico Di Trocchio en 1993 que fue publicado en España por Alianza Editorial en su colección Libro de Bolsillo en 1995. La tercera edición, que es la aquí utilizada data de 2013, año de su muerte.

sábado, 23 de junio de 2018

Alan Chalmers: “¿Qué es esa cosa llamada ciencia?”




 







 Alan Chalmers es uno de esos profesores que enseñan y tienen ideas que quieren difundir. O vender, cosa que tampoco nos importa mucho si son buenas. Es un inglés nacido en Bristol, pero que ahora es profesor en Sídney, o sea, en la lejana Australia. Su actividad propia es la física, pero el libro que comentamos ahora “ha sido utilizado como guía básica sobre epistemología durante los últimos 30 años”. Esa publicación no permite que se le califique además de filósofo. Eso nos dice Wikipedia, aunque solo fijándonos mucho podemos advertir que el libro fue publicado en 1976.
Chalmers inicia su libro destacando el prestigio que la ciencia tiene. Esa valoración deriva en gran parte de la idea de que “la ciencia deriva de los hechos” y se supone que “los hechos son afirmaciones acerca del mundo que pueden verificarse directamente por un uso cuidadoso y desprejuiciado de los sentidos”. Pero eso no es así y Chalmers va recorriendo las distintas apreciaciones que permiten afirmarlo. Es cierto que dos observadores “ven” lo mismo, pero la percepción viene modulada por la experiencia previa de cada persona. En segundo lugar, lo visto debe encajar en el tinglado de “enunciados observacionales” que cada persona tenga en la mente. Por fin, existe una dependencia de los conocimientos previos de que se dispongan que pueden ser ciertos o falsos. Ahora bien, el autor estima que esas dificultades se podrían superar a través de la perfección de la experimentación y la observación. Pero nuevamente sobreviene el desánimo.
La observación, en primer término, no puede ser considerada privada y pasiva (el sujeto abre los ojos y se limita a ver) sino que es activa y pública (cuando el sujeto se propone observar lo hace con un cúmulo de cosas que los psicólogos denuncian). En suma, “las observaciones capaces de constituir la base del conocimiento científico son a la vez objetivas y falibles”. Tampoco la experimentación va a obtener mejores resultados: de entrada “no es cosa fácil hacer que un experimento funcione”. Chalmers mantiene la idea de que los experimentos dependen de la teoría en ciertos aspectos y que son “falibles y revisables”. Especialmente su dependencia de teorías introduce el peligro de circularidades: el experimento avala teoría y ésta fundamenta el experimento.
Volvemos al aserto “la ciencia deriva de los hechos”. Y con ello entramos en el campo de la inducción, lo que equivale a introducirse en la lógica, en el razonamiento lógico: deducir de unos hechos otros dados. Se nos advierte que la lógica no es fuente de verdades, al estar ligada a la veracidad de las premisas de que parte. Va a ser básica la diferenciación entre el razonamiento deductivo y el inductivo; en el primero se parte de unos datos ciertos de los que se deducen otros; en el segundo, no sucede eso. Chalmers nos presenta un enunciado que pone de relieve el principio de inducción “Si en una amplia variedad de condiciones se observa una gran cantidad de A y todos los A observados poseen sin excepción la propiedad B, entonces todos los A tienen la propiedad B”. Hay dos puntos débiles: la “gran variedad de observaciones” que nos lleva a la idea del gran número (¿Cuántas; en todo caso nuca son todas) y la “amplia variedad de condiciones” que nos conduce a la eliminación de las superfluas (¿cuáles?, ¿quién determina que lo son?). Son muchos los que se alinean el campo del “inductivismo”. Tiene sus atractivos, sin duda y se indican, pero se insiste en el libro en su insuficiencia para soportar la ciencia.
Llega un momento que podemos calificar de histórico para la filosofía de la ciencia. Carnap y sus seguidores de la segunda escuela del Círculo de Viena se enfrentan a las deducciones que Popper y los suyos extraen de la insuficiencia de inductivismo una nueva idea: la de la falsación.
Para los falsacionistas, la teoría es previa al fenómeno que se observa. Nace como hipótesis y su naturaleza científica deriva del hecho de que es falsable, es decir, que puede demostrarse en algún momento que es falsa. La falsabilidad es un digno atributo de toda teoría y la demostración de que ésta es falsa da lugar a su sustitución por una nueva hipótesis o teoría, a su vez falsable: lo falso es descartado y sustituido por lo simplemente falsable.
Se ve con claridad que mientras el inductivismo buscaba la verdad, el falsacionismo aspira al progreso científico, a través de la sustitución de unas teorías declaradas falsas por la vía de la observación o la experimentación por otras que, de momento, son simplemente falsables. El inductivismo extraía conclusiones que tenía por verdaderas a través de un número elevadísimo de observaciones o experiencias; el falsacionismo se sirve únicamente de la demostración de un hecho para declarar la falsedad de una teoría y la necesidad de cubrir su vacío por otra teoría, teoría que cada vez será más general, teniendo especial consideración dos criterios: la “audacia” y la “novedad”.
Así expresa Chalmers esta idea básica: “Una hipótesis es falsable si existe un enunciado observacional o un conjunto de enunciados observacionales lógicamente posibles que sean incompatibles con ella, esto es, que en caso de ser establecidos como verdaderos, falsarían la hipótesis”. Se advierte una clara diferenciación entre la falsabilidad potencial y la falsedad actual.
La interpretación de esta vía falsacionista como camino al progreso científico tiene el gran peligro de que las teorías que se formulen sean cada vez más generales y ambiguas, de forma que su falsación pueda llegar a ser difícil o imposible. Ello da paso a lo que Chalmers llama “falsacionismo sofisticado”, en el que se pretende superar la problematicidad de afirmaciones como las siguientes: “Una hipótesis debe ser falsable, cuánto más falsable sea mejor y, no obstante,, no debe ser falsada”; “Cualquier hipótesis deber ser más falsable que aquella en cuyo lugar se ofrece”, o “la ciencia está hecha de teorías falsables, siendo cada una en la serie más falsable que la predecesora”. Los propios falsacionistas eran conscientes que sus teorías podían conducir a lo que sucede con el marxismo o las ideas freudianas: que pretenden explicar todo con su vaguedad y laxa interpretación. Todo ello condujo a que el propio Popper reconoce la utilidad o la necesidad de aceptar ciertas teorías pese a su falsabilidad, lo que supone dejar parte del criticismo total para adoptar un dogmatismo moderado.
Es quizá el momento de hacer un alto en el camino. Primero, para recordar algo en la obra de Chalmers se deja clara: no estamos ante la ciencia, sino ante la filosofía de la ciencia. Por fortuna, los científicos recorren su camino sin prestar especial atención a estas elucubraciones. El mismo Chalmers manifiesta cierto escepticismo acerca de su utilidad y corrección. En segundo término, para indicar que el atractivo que me ofrecía en principio este libro estaba centrado en el choque de los trenes llamados positivismo, inductivismo y falsacionismo que tuvo lugar en el siglo XX. Y ese momento ya se ha visto mediada la lectura del libro. Al final todo desemboca en un especial pragmatismo que toma de cada movimiento lo que le resulta más conveniente.
El libro sufrió importantes adiciones y revisiones, motivadas simplemente por las sucesivas teorías que fueron formulándose a partir de su publicación inicial. A ellas, las de Lakatos, Kuhn o Feyerabend, por ejemplo, se referirán los siguientes capítulos. Bastara referirse sucintamente a ellos porque ni aportan sustanciales novedades, ni son suficientemente claras como para ser analizadas
Imre Lakatos es representante del falsacionismo sofisticado. Su principal aportación es lo que denomina “programas de investigación”. Base de ellos es una especie de estructuración del programa: un núcleo central (infalsable, definitorio del programa y compuesto de hipótesis muy generales) y un círculo protector (compuesto de hipótesis secundarias que tiene por misión proteger el núcleo central). El programa de investigación plantea la orientación futura de la investigación, pero fracasa al no ofrecer criterios de cuando un programa, siempre complejo, debe ser sustituido por otro.
El norteamericano Thomas Kuhn introdujo la idea de “paradigma” que estaría constituido por el conjunto de conocimientos compartidos por la comunidad de científicos. Más adelante, una corriente se adherirá a la tesis de la dependencia de la teoría, dulcificándola al someter las teorías y su aceptación a un cálculo de probabilidades, cercano al pensamiento de Bayes.
La situación actual es descrita por Chalmers como problemática. Parte de los filósofos “si bien no desean regresar a la idea positivista de que los sentidos proporcionan una base para la ciencia sin problemas, sí buscan una base relativamente segura, no en la observación, sino en el experimento”. Surge así la corriente del “nuevo experimentalismo”, en el que el experimento adquiere “vida propia” y es capaz incluso de prescindir de teoría. Se sucede la contraposición de realistas e irrealistas, la aparición del realismo coyuntural y el científico. Todo parece chapotear en el sincretismo más absoluto.
Todo parece relativo. Y quizá todo se resume en lo que, finalmente Chalmers condensa sus ideas: “Me reafirmo en que no existe una descripción general de la ciencia y del método científico que se aplique a todas las ciencias en todas las etapas históricas de su desarrollo”. Y termina reconociendo que su exposición se ha asentado en la ciencia física, es decir, en su experiencia profesional. Es de agradecer su sinceridad. Nos vuelve a la realidad de una historia de las ideas que supone este libro.

“¿Qué es esa cosa llamada ciencia?” (248 págs.) es un libro escrito por Alan Francis Chalmers con el título original de “What is this thing called science?” en 1976, pero que tuvo importantes ampliaciones o aclaraciones en 1982 y 1999. En España su traducción fue editada por la editorial Siglo XXI por primera vez en 1982 y la última y cuarta en 2010, siendo su segunda reimpresión la realizada en 2015, que es la comentada.