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lunes, 1 de octubre de 2018

Elisa Beni : “La soledad del juzgador. Gómez Bermúdez y el 11-M”


Uno tiene la costumbre de realizar comentarios a libros que cree que son buenos, interesantes o ilustrativos. No es este el caso y hay que explicar los motivos de ello.
Elisa Beni Uzábal es una periodista española que nació en Logroño el año 1965 y pronto inició su andadura por periódicos y tertulias radiofónicas. No hace falta más presentación, porque es el único libro que recuerdo en la que la biografía del autor ocupa las dos portadillas en cuatro apretados párrafos. La realidad es que el conocimiento que tenemos de Elisa Beni deriva de un doble hecho: haberse casado con el juez del 11-M, Javier Gómez Bermúdez, y en haber publicado este libro en el que describe la andadura de su marido durante el proceso del 11-M. Precisamente fue lo que determinó que el Tribunal Superior de Justicia de la Madrid acordara su destitución como directora de comunicación de dicho tribunal por la pérdida de confianza que la publicación de dicho libro había provocado.
El libro se publicó por Planeta veinte días después de que Gómez Bermúdez hiciera pública la sentencia la sentencia del tribunal que presidía. Se había casado con él en 2001 (el entonces magistrado tenía ya dos hijos de su primer matrimonio) y se divorció de él el año 2013. La obra es descaradamente hagiográfica, es decir, excesivamente elogiosa, y provocó una inmensa polémica. Según “El Mundo”, años después Gómez Bermúdez declaró “Mi mujer decide escribir un libro que es un refrito de las crónicas que se publicaron al respecto. Que fue inoportuno, pues sí, pero porque dio armas a aquellos que querían desprestigiar el trabajo que habíamos hecho”. Unos años antes, ambos habían escrito al alimón el libro “Levantando el velo”. Desde hace algún tiempo el juez, en excedencia voluntaria, ha saltado al ejercicio de la abogacía.
¿Y por qué se trae a colación un libro al que, de entrada, no se le reconoce ni categoría ni calidad? Pues, simplemente, porque descubre algunos entresijos del juicio del 11-M. O sea, es indiscreto, sea su contenido cierto o irreal. En concreto, el papel que desempeñó un policía llamado Enrique García Castaño (hoy nos enteramos de que es apodado “el Gordo”) que hoy aparece investigado (lo que antes se llamaba imputado) por turbios manejos en los que intervienen también el comisario José Villarejo (en prisión preventiva), Baltasar Garzón (“El Balta”) y Dolores Delgado, la ministra de Justicia del gobierno de Sánchez (”La Lola”). Uno trata de conocer a través de este libro como fue lo del rifirrafe entre García Castaño y su jefe no inmediato Díaz de Mera, pero al hilo de eso, repasará algunos de los aspectos mas destacable del libro de Beni. ¡Qué se va a hacer!
Antes de seguir adelante hay que señalar que el libro sigue la andadura del proceso seguido por el atentado terrorista del 11-M. Lo que determina que termine siendo efectivamente un “refrito de crónicas” como el mismo juez destacó, en las cuales se advierten incluso pequeñas contradicciones y cambios de opinión. Que son siempre pequeñas porque todas esas crónicas están orientadas a destacar las virtudes del juez y marido, al que en ocasiones le hace parecer algo así como un superhéroe de la serie Marvel. Lo que no impide que destaque igualmente el esfuerzo físico y mental que en ocasiones le conduce a tomar un paracetamol o a disfrutar con unas merecidas vacaciones de Semana Santa, tantas veces citadas e invocadas.
Un aspecto criticable de la obra de Elisa Beni es la incorporación de múltiples conversaciones y confesiones en la mayoría de los casos entrecomilladas que en unas ocasiones tienen tintes de alcoba al producirse en el entorno matrimonial y en otras, recuerdan las modernas y noveladas referencias a los entresijos de la política actual.
El libro es sumamente laudatorio del juez Gómez Bermúdez. Lo hace desde el primer momento cuando describe la meticulosidad con la que supervisó la preparación del escenario del juicio. Describe “sin fisuras” el carácter del juez, firme, autoritario, trabajador, al tiempo que llama la atencion sobre aspectos de humanidad y comprensión. Se llega así a la apertura del juicio, precedida de incidentes que debieran haber alterado su conducta, lo que no sucedió. Uno no sabe si prima el amor conyugal o el panegírico periodístico. Lo que parece quedar claro es que Gómez Bermúdez pertenecía a la Asociación más conservadora de la Judicatura y fue acusado de “pepero” proclive a la derecha por los sectores de siempre. Y que más tarde —esto ya no lo dice el libro— fue acusado de escorarse hacia la izquierda.
Algo que sorprende es la atención que Beni presta al juicio que siguió a la Operación Dátil. La explicación es fácil: Gómez Bermúdez formaba parte del tribunal que presidía Angela Murillo. Y la instrucción correspondió a Baltasar Garzón, criticado de manera casi unánime. No solamente por el relativo fracaso del procedimiento sino por la denuncia de los medios ilegales que utilizó en unión con la policía y que el libro detalla y comenta. Lo que ya parece excesivo es la afirmación del libro: “El día en que Zougam declaró como testigo en la operación Dátil estaba haciendo en realidad un alegato a favor de su inocencia en el 11-M”.
El 28 de marzo era el ultimo día de sesiones antes de las vacaciones de Semana Santa”. Así comienza el capítulo 7 del libro, dedicado al famoso incidente Díaz de Mera. Cuando éste está terminando su declaración, el abogado Luis de Pablo le pregunta sobre un supuesto informe que relacionaba ETA con los islamistas y que “había sido convenientemente desaparecido”. De hecho, Díaz de Mera había dicho saber que existía un informe que establecía relaciones entre ETA y el 11-M, que había sido realizado por un hombre y una mujer y que no había salido a la luz, aunque, según afirmaba Díaz de Mera “en algún ordenador debe de estar”.” El problema surge cuando Luis de Pablo pide la identidad de la persona que le comunicó ese hecho. Aunque el juez sólo exige que le comunique por escrito el número y puesto si es policía, Diaz de Mera se niega. El juez deja claro que “el problema es que el articulo 710 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal dice claramente que los testigos, cuando sean de referencia, dirán la fuente de que procede la noticia.” La realidad es que, echando a volar la memoria, no se recuerda que esto haya sido aplicado en cualquier otro momento durante el procedimiento. Ya se sabe que el rifirrafe concluyó con una multa a Diaz de Mera y la comunicación por escrito de que el autor de la información era el comisario García Castaño, el cual comparecerá como testigo en la vista oral y manifestará que ni dio esa información, ni conoce el citado informe. Es decir, “el Gordo”.
Y esta es la razón de que me fijara en este libro: porque, de pronto, las noticias de septiembre de 2018 ligan a ese comisario con personas como Baltasar Garzón (expulsado ya de la judicatura), José Villarejo (en prisión preventiva) y Dolores Delgado (reprobada hoy por el Senado de España). Dada esta explicación podemos retornar al libro.
Cuando se aborda la cuestión de las declaraciones de las visitas se destacan las críticas recibidas tanto por su politización como la generosidad con que se permitieron, Y nuevamente surge la famosa firmeza del juez cuando, ante la opinión de los otros dos componentes del tribunal, en el sentido de que se limitaran esas declaraciones, Gómez Bermúdez “les contestó que esa decisión no era jurisdiccional, sino de política de estrados, por lo que la competencia para adoptarlas correspondía al presidente no al tribunal”. ¿Pasaron a ser simples floreros? Se obtiene esa idea cuando Beni insiste en la soledad con la que el juez redactó la sentencia. En cualquier caso, el tratamiento que dio a varios abogados, sobre todo a algunos, no resultó tampoco de recibo. Tuvo más cuidado con la prensa, contrastando así con Elisa Beni quien con claridad deja ver su sesgos positivos y negativos. El sesgo marital extendía su sombra sobre otros sesgos.
El libro repasa muchos momentos del proceso —insustanciales la mayoría de ellos— como base para elogiar una y otra vez el temperamento del juez. De ellos unicamente vale la pena destacar los comentarios que dedica a la famosa pericia encargada por Gómez Bermúdez sobre la naturaleza del explosivo empleado. Naturalmente se elogia el diseño que hizo de la pericia (que luego se evidenció como escasamente útil y torpe) y oculta en cambio la serie de incidencias que se cernieron sobre la práctica de la pericia, incluyendo las interrupciones nunca explicadas de las grabaciones. Por fortuna para conocer la verdad tenemos tanto la retransmisión del juicio (conservada aún en YouTube y que debemos agradecer a la decisión del juez) como la resignación a consignar en la sentencia la famosa expresión “en todo o en gran parte” en referencia al uso de Goma 2 ECO.
¿Es lógico que un libro sobre la actuación de un juez en un proceso sea escrito por su mujer? Demos por hecho que no se trata de entrar en los entresijos jurídicos del proceso y la sentencia, sino solamente en su reflejo en la conducta del juez. Es un intento fallido del libro porque es difícil, si no imposible, separar ambos aspectos. Sobre todo, cuando se reproducen como reales conversaciones entre ambos o frases y expresiones del juez. Sobre éste confluyen unas intimidades profesionales que aquí aparecen y que deben de tenerse como fingidas, noveladas, desveladas o vulneradas. Todo es malo.
El libro no recoge en ningún caso el fracaso del proceso, incapaz de pasar de la condena de una única persona como autor y de calificar de coautores a otras personas o muertas o huidas, a lo que hay que sumar las fuertes correcciones que introdujo el Tribunal supremo pese a sus limitaciones de enjuiciamiento. Si con él se trataba de enaltecer la persona del juez el resultado es no solamente forzado sino hasta negativo.

La soledad del juzgador. Gómez Bermúdez y el 11-M” (382 págs.) es un libro del que figura como autora Elisa Beni“. La fecha de registro, como la de edición, es la de 2007. Planeta llevó a cabo su publicación en la serie “Temas de hoy”,

lunes, 6 de agosto de 2018

Rafael Ripoll: “11-M: en el laberinto”




 
Rafael Ripoll es un concejal de Alcalá de Henares. Confiesa que, si aborda el siempre complejo tema del 11-M, se debe en gran parte a que su ciudad está señalada como posible punto de inicio del atentado. Y, como trasluce en otro momento, a que fueron muchos alcalaínos los que murieron en el atentado.
No hace falta indagar mucho más allá su ideología política, teniendo en cuenta que es el presidente del partido político “España 2000”, un partido al que directamente se le califica de extrema derecha y que él mismo se auto designa como “social-patriota”. Y que Wikipedia lo equipara, en pensamiento, al Frente Nacional francés o al Partido de la Libertad (FPÖ) austríaco, pero que no ha pasado de superar un marco puramente local.
Si, repetidas veces, aludo a la personalidad de los autores de los libros no es sino para tener en cuenta el posible color del cristal con que exponen su contenido y estar atento a cualquier posible distorsión que ello pueda producir. Una consideración que debe tener en cuenta el que lea el libro. Si n embargo, anticipemos que no parecen apreciarse especiales distorsiones en el libro derivadas de la orientación política del autor. Éste tiene como idea básica que la versión dada del atentado del 11 de marzo de 2004 no se corresponde con la realidad y que ésta se desconoce totalmente.
Algo que alegra a Ripoll es el hecho de que exista una versión oficial del 11-M, De no haberse elaborado ésta trabajosamente, sería imposible denunciar nada. La existencia de esa versión permite, al menos, mostrar sus deficiencias, sus contradicciones, sus fallos. Criticarla, en definitiva. Una especie del “no es eso, no es eso” orteguiano, pero más desconsolado y ajeno al no tener sentido de rectificación.
El planteamiento inicial de la obra ofrece una visión del entorno dentro del cual se produjo el 11-M. Destaca dos cosas: la primera, que ETA estaba prácticamente vencida: la segunda que la oposición popular la participación en la guerra de Irak, había dejado de ser una actitud virulenta para estar casi olvidada. El atentado lo encaja dentro del terrorismo internacional, como lo fueron el 11-M de las Torres Gemelas y la matanza de Casablanca. En todos los casos, se muestran las características de dicho terrorismo: indiscriminación de las posibles víctimas, evanescencia de los planificadores y ejecutores del atentado.
Los días y horas que siguieron al atentado son analizadas cuidadosamente. Todo se condensa en la apreciación de una clara torpeza del PP, que incluye a Aznar pero que, sobre todo, atribuye a Acebes al que no priva de descalificación alguna, incluyendo su proximidad a los Guerrilleros de Cristo Rey. Se equivocó el primero no convocando una mesa de emergencia y manteniendo las elecciones; se equivocó el segundo al comparecer continuadamente ante los medios sin ideas medianamente claras de lo que había sucedido. Sobre todo, cuando la SER ya había tomado una línea informativa clara en favor del islamismo invocando fuentes policiales. Al PSOE unicamente habría que imputarle su aprovechamiento de las circunstancias dramáticas que atravesaba España.
Ripoll, al hilo de todo esto, apuntará dos ideas importantes: la aparición de pruebas falsas y la existencia de una “oveja negra” en las fuerzas de orden. Aclaremos que se refiere a una oveja, cuando quizá lo correcto hubiera sido mencionar a un “rebaño negro”. Como pruebas falsas que constituyen el basamento de la historia, cita dos: la furgoneta Kangoo y la mochila encontrada en la Comisaría de Vallecas y que nunca se pudo aclarar (y menos probar) como llegó allí. A otras cosas, como los mensajes y videos reivindicativos, Ripoll, simplemente los desprecia. El tótem de Al Qaeda y el brujo de Bin Laden era ya iconos mundiales a los que se atribuían las acciones más dispares.

El libro presta una especial atención a la “investigación viciada”. Va refiriéndose a los más graves fallos que se aprecia en ella. Comienza a referirse a la excesiva presencia de confidentes entre los implicados en ella: cita y explica la presencia de Rafa Zouhier, Lavandera, Trashorras, Jamal Ahmidan, “Cartagena” o “el pollero”. Presta una especial atención a Ayman Kalaji, un policía realmente atípico. Se refiere a la ausencia de una identificación real del arma del crimen: el explosivo, y critica lo que en alguna ocasión he llamado “paradigmatización” de la dinamita de la mochila de Vallecas. Alude a la ambigüedad existente a la hora de determinar la autoría intelectual del atentado, porque toda operación de esta naturaleza compleja tiene un planificador. Y señala como se dieron torpemente pasos para tratar de identificarlo. El último en ser considerado como tal, “el Egipcio”, fue absuelto por el Tribunal Supremo. Se detiene a continuación en el único condenado como autor material del atentado, Jamal Zougam, para referirse a su casi nula religiosidad, a los testimonios que se utilizaron para condenarle y la coyuntural relación con el atentado que hubo que invocar.
Dos escenarios ocupan su atención. El primero, la casa de Morata de Tajuña, sobre la que se cargaron tintes islamistas y cuya localización tardía confusamente explicada. El segundo fue el piso de Leganés, el de la calle Carmen Martin Gaite, que supuso con su explosión y su rocambolesca historia la conclusión de hecho de la investigación.
La guinda de dicha investigación la constituyó la llevada a cabo por una comisión del Congreso de los Diputados en la que una auténtica indagación de hechos fue sustituida por una pelea política de ínfima calidad. Con todo lo anterior debo confesar mi coincidencia general, salvo en lo que pudieran ser aspectos muy puntuales. Al hilo de eso hay que referirse a la crítica que Ripoll lanza sobre un libro publicado por un tal Reinares que sostiene la tesis islamista del atentado basándose en comunicaciones recibidas de otras personas e instituciones, singularmente a través de Internet. Un libro que yo no pude acabar de leer. Ripoll califica a Reinares duramente; a su crítica yo añadiría la de pretencioso.
Un aspecto interesante del libro es la distinción que percibe Ripoll en el terrorismo: el convencional y el internacional. El terrorismo convencional era selectivo, trataba de eliminar personas importantes, evitaba las muertes de inocentes. Describe diez características del mismo, pero tras ello certifica la desaparición del terrorismo convencional que solamente puede subsistir en condiciones extremas. La razón de su desaparición es haber sido destruido por unos servicios de seguridad del Estado potenciados cada vez más por una serie de adelantos tecnológicos con los que no pueden combatir los terroristas: GPS, reconocimientos de caras, identificación de voces, acumulación masiva de datos (big data), cámaras grabadoras. Uno recuerda en una película reciente (“Espías en el aire”) la presencia de minicámaras transportadas en drones disfrazados de insectos.
Lo que inquieta a Ripoll es la ignorancia de qué fue lo que realmente sucedió. Una ignorancia que crea inseguridad y preocupación, ya que puede volver a suceder. La especial intervención que Alcalá de Henares tuvo el 11 de marzo es lo que parece empujarle a escribir el libro. Aprovecha para dar cuenta de los esfuerzos realizados en favor de una nueva investigación del 11-M por parte del partido “España 2000” del que es directivo y al que representa en el Ayuntamiento como concejal.
Partiendo de que no cree en la versión oficial, reconoce que no puede ofrecer ninguna versión alternativa. Debe quedarse en el terreno de las hipótesis. Descarta la autoría islamista (más aún la de la intervención de Al Qaeda) y la autoría de ETA; apunta incluso la posibilidad de que se hubiera pensado en algún momento de endosar el “marrón” a la extrema derecha, idea alambicada pero imaginable como plan B, pero que es mejor no tener en cuenta.
Queda la sombra del terrorismo internacional. Nos dice “Sabremos la verdad sobre lo que ocurrió el 11-M cuando se sepa la verdad sobre lo que hay detrás de terrorismo internacional”.  Y considera que un error cometido por parte de los escasos periodistas y medios que han tratado de investigar ha sido “circunscribirse a nuestro país, eludiendo el que los mismos “agujeros negros” se encuentran en cualquier otro atentado considerado como terrorismo internacional”.
Se trata de un terrorismo que no deja que existan cabos sueltos, en el que cada participante no conoce la actuación de los demás, que emplea la intoxicación informativa.  Son “verdaderas operaciones de inteligencia, operaciones especiales, ideadas y ejecutadas por especialistas”. Se puede estar -y estoy- de acuerdo con ellos, pero queda una pregunta a la que creo que no da contestación el libro. Éste deja como un trapo tanto a la derecha del PP como a la izquierda del PSOE, pero ¿conocían o conocen hoy la autoría de ese acto de terrorismo internacional?
En definitiva, un libro interesante al incidir en aspectos escasamente tratados (como es el clima social reinante en marzo de 2004), confesar paladinamente la ignorancia de lo que sucedió y atender especialmente a la existencia de una especie de terrorismo reciente a la que adscribir el atentado. No sirve como narración de aquellos hechos, sino de mirada analítica sobre ellos; se dan por conocidos, algo que encierra el peligro de que pronto, dentro de unos años, sean desconocidos u olvidados. Pero recordarlos no era misión de este libro.

“11-M: en el laberinto” (244 págs.) escrita y autoeditada en 2015 por Rafael Ripoll.