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jueves, 5 de septiembre de 2019

José María Lassalle : “Ciberleviatán. El colapso de la democracia liberal frente a la revolución digital”



Hay ocasiones en las que aludir a la personalidad y obra del autor es necesario. En este caso, parece serlo, porque José Luis Lassalle ofrece un perfil peculiar.  Es una de esas personas que han vivido entre la docencia y la política de una forma que comienza a ser habitual. Doctor en Derecho por la Universidad de Cantabria fue profesor de ésta y de la de Carlos III. Incorporado a la política como diputado en 2004, colaboró también en las universidades Juan Carlos I y San Pablo-CEU. En el primer gobierno de Rajoy fue Secretario de Estado de Cultura y de Agenda Digital, teniendo una actuación controvertida. Abandonada la política en 2018, escribe en El País y La Vanguardia. En sus escritos se proclama liberal.

El libro constituye el aviso de la amenaza que ante sí tiene la población como consecuencia de la irrupción de la tecnología digital y se complementa con unas débiles indicaciones de los medios existentes para evitarla. Siempre invocando la libertad, aunque haciéndolo en una peculiar mezcolanza con la intervención del Estado legislador, lo que hacer temer ciertos sesgos, escasamente compatibles con el liberalismo.

Para Lassalle todo empieza por los “datos”: “La política y la economía de siglo XXI son ya un producto de los datos”. Asume la idea de los “big data” para llegar a la expresión “Data Tsunami” con la que titula el primero de los capítulos del libro. La idea de la utilización de estos datos masivos es empleada ya en la actualidad con fines de imposición o enriquecimiento. Obama lo inaugura en política utilizando en su campaña electoral datos de las redes sociales; y Google, lo hace en el terreno económico. Pronto se advierte que estamos ante “un rediseño holístico del poder que no necesitará legitimarse porque alinea en un único vector a la técnica como estructura en si misma y a la política y la economía como superestructura que depende de aquélla”.

Al hilo de todo esto se manipula y/o elabora un concepto que será objeto de continua utilización: el de “capitalismo cognitivo”. Una realidad realmente peligrosa porque es un concepto sobre el que se acumularán ideas y verborrea por parte iguales a principios de este siglo XXI, ya bastante crecidito por otra parte. Junto a esa noción nacen otras ideas de capitalismo como la emocional ¿cómo no? En general capitalismo es utilizado como una idea que implica dominación, desigualdad y superioridad, cuando no directamente poder; cuestión distinta es que admita el crecimiento del bienestar y el progreso económico. Uno cree que Lassalle emplea el concepto “capitalismo cognitivo” para expresar la acumulación en pocas manos del poder de conocimiento basado en el control de los datos tomados de la propia sociedad para su posterior modulación y empleo. En suma: el pastoreo de la sociedad adormecida por la tecnología creciente.

El desarrollo tecnológico es innegable: “El mundo evoluciona a lomos de la revolución digital hacia una nueva experiencia de hombre y del poder” Esto es lo que, con toda razón, preocupa a Lassalle. Había que “resignificar” el papel del ser humano. El relato legado por la posmodernidad había ya fracasado. La vieja idea de Leviatán, el poder absoluto que minimiza la libertad individual, reducción que se acepta voluntariamente, aunque no conscientemente, renace como amenaza en un posible Ciberleviatán que nos acecha. El libro lleva como portada la vieja imagen de Leviatán utilizada en su primera edición de 1651, una de cuyas mitades aparece pixelizada. Sucede que ahora el cambio es disruptivo, lo que hace necesario recordar que la esencia de la disrupción es la brusquedad en el cambio o la rotura.

Y en esa brusquedad va a denunciarse en el libro. Acertadamente sitúa como hecho clave la aparición en torno a 2007 de los smartphones. Nos recuerda las leyes de Moore y Koomey; cada 18 meses se duplica el número y costo de los transistores de un chip (Moore) y se reduce a la mitad la energía necesaria para la utilización de una CPU (Koomey). Nos vuelve a enfrentar nuestro móvil con las instalaciones informáticas que precisó la llegada a la luna de Apolo XI en 1969. Algo inimaginable, pero que nos hace aceptar las constantes novedades y progresos de la informática como algo natural. Y a Lassalle distingue en ese progreso un ciclo virtuoso (los datos son los nuevos elementos de producción) y un círculo vicioso negativo (el ser humano se siente obligado a “ciberadaptarse al medio tecnológico” a través de su “cibermutación”)

Bajemos a un plano más simple: La tecnología ha dado a la persona un enorme poder de conocimiento proporcionado eso sí, por los controladores de los datos. La persona se siente cómoda y satisfecha. Quizá es consciente de que está perdiendo algo de su libertad y de su poder de decisión, pero no lo da importancia. Uno cree que en gran parte de ello se debe a que en el momento actual se sabe ya reducido a una peculiar impotencia ante el poder, económico o político.

Podríamos decir que, a partir de este momento, el itinerario del libro se desorienta. Entra en lo que llama “Cuerpos en retirada”. De la creciente dependencia tecnológica, pasa a considerar que ésta produce una pérdida del sentido de corporeidad de la persona. Hace falta algún esfuerzo para entender exactamente lo que se pretende afirmar cuando se habla de “esa marginación del cuerpo”. Ayuda, por ser expresiva la siguiente frase: “la causa de la expulsión recae en la incomodidad de su presencia cuando los hombres están en los umbrales de la utopía virtual. Su apertura a la enfermedad, la caducidad y el dolor es, entre otras cosas, el recordatorio analógico de que somos humanos, demasiado humanos. Algo que en el contexto de nuestra era digital es visto como una deficiencia a erradicar o, si se prefiere, un pecado a purgar”. Entre tanto progreso y tantas facilidades, el cuerpo parece ser algo obsoleto y molesto. Algo a despreciar relegándolo a un segundo plano.

Uno se pregunta qué tiene que ver eso con la amenaza de un nuevo Leviatán. Nuestra temporalidad y nuestro carácter pasajero han pesado históricamente sobre el hombre. La felicidad, la belleza, el bienestar… hay muchas cosas que tienen a incrementar ese sentimiento. Y la tecnología con sus brillantes, avances, es una ellas, pero sólo una más de ellas. Se echan en falta una referencia, dado el periodo de tiempo breve en que producen estos efectos, a la forma que ello se manifiesta en las distintas generaciones.

Vivimos como anuncia el capítulo siguiente de una “libertad asistida”. ¿Es malo fiarse de los consejos que tecnológicamente se nos ofrecen en nuestros terminales? ¿Es rechazable la ayuda que, por ejemplo, en el campo médico, pueden proporcionarnos los grandes bancos de datos? ¿Por qué no hablar de decisión asistida en lugar de libertad asistida? ¿No estamos ante un árbol más de del bien y del mal?

Eso quizá conduce a que Lassalle nos hable de los algoritmos que rigen los datos recopilados ¿Maneja un concepto correcto de algoritmo? Es una pregunta para la que no tengo respuesta, aunque sí dudas. El libro nos habla de que tiene un dueño, amo del del “tecnopoder”, que no es único y que la complejidad del entramado de aplicaciones y desarrollos tecnológicos lo hacen especialmente peligroso. Claro que también se refiere al colapso que se produciría de no existir ese algoritmo: “nos sentiríamos perdidos sin remisión”. Pero eso sucede con casi todo: la electricidad, el alfabeto, el derecho…  En este caso lo que llama algoritmo ha determinado la conversión del capitalismo liberal en capitalismo cognitivo y, dentro de éste de lo predictivo al prescriptivo.

Y saltando al vacío llega a preocuparse de los robots. Alude antes al ciberpopulismo, los “shiststorms” o linchamientos digitales, las fake news, la posverdad. Aquí libra de culpa a la tecnología, que únicamente sería el medio usado para llegar a crear un ciberproletariado que ayudará al advenimiento de Ciberleviatán. Y aquí entra de la figura del robot, algo que, unido a la Inteligencia Artificial, dejaría miles de personas sin trabajo: “la suma de a IA y de la robótica podría llegar a suponer la dislocación estructural del tejido social en todo el mundo al privar masivamente a los seres humanos del trabajo”. A partir de aquí, Lassalle mostrará sin veladuras la visión negativa que le anima. Como en el dicho “ni contigo ni sintigo tienen mis males remedio…”, destaca el fracaso de soluciones de la izquierda, o la droga del transhumanismo de Sillicon Valley. Con ello desemboca en las disquisiciones que hace sobre la solución que implica la llamada “Renta Básica Universal” (RBU). Defendida tanto por la izquierda como por los grandes gurús californianos, el libro muestra sus sospechas, según las cuales la RBU sería un arma utilizada por los tecnopoderosos para hacerse con el control del ciberproletariado.

Lassalle es quizá demasiado negativo en sus predicciones y demasiado optimista en las soluciones que propone. En el primer aspecto, se echa en falta la referencia a la increíble capacidad de adaptación de la humanidad. En el segundo parece esperar demasiado de una curiosa revolución liberal, colectiva y humanista. Se es consciente al afirmar lo primero que el darwinismo igual mejora especies que permite que desparezcan. Y se sostiene lo segundo porque parece olvidarse del individuo en favor de las masas. Hay ideas que no se reciben como plausibles: el incremento de las desigualdades social como resultado de la tecnología; la necesidad de la intervención de lo público, es decir del Estado, y además de manera intensa y creciente; el olvido del individuo y su responsabilidad de decisión en favor del gregarismo; la presunta actitud genuflexa ante la IA y el robot, con olvido de su creador y controlador; la intensidad atribuida a la relación entre las ideas de democracia y liberalismo.

¿Puede ser un político el analista que necesita la sociedad actual? ¿No cabe sospechar que la competición en la búsqueda del poder puede entorpecer su análisis? ¿Cuál es el papel de los medios? ¿Es libertad de elección votar cada cuatro años rodeado de intrigas y noticias falsas? El valor del libro es llegar a hacerse estas preguntas. Pero llegué al libro que me ofrecía Amazon, pura tecnología prescriptiva.

“Ciberleviatán. El colapso de la democracia liberal frente a la revolución digital” (172 págs) es un libro escrito por José María Lassalle el año 2019 y publicado en mayo del mismo año por Editorial Arpa.

miércoles, 17 de abril de 2019

Raymond Kurzweil : “La Singularidad está cerca. Cuando los humanos trascendamos la biología”


Es indispensable comenzar hablando del autor. Raymond Kurzweil —Ray para los lectores— es un estadounidense judío y ateo que nació en 1948 en NY de padres que habían huido de la persecución nazi. No duda en calificarse de inventor, pero lo que es seguro es que es también músico, empresario, escritor y científico especializado en Ciencias de la Computación e Inteligencia artificial.
Se diría que no tiene abuela, porque la imagen que nos ofrece de sí mismo, en su infancia, juventud y madurez, es la imagen un ser extraordinario y distinto. Y no vamos a discutir esto último. El mismo libro es distinto, en su esquema y orden interno, a los habituales. Añade un sentido polémico y profético que a veces adquiere el valor de provocador. Esto hace que la exposición de las ideas de Kurzweil deba hacerse de la forma más aséptica posible, sin ir más allá de la reserva más prudente.
Quizá el mayor valor de su obra consista en dar nombre a lo que todos sentimos; de configurar como leyes lo que ya intuíamos como simples tendencias. Lo que hace forma correcta, lo que es siempre de agradecer. Otra cosa es que nos abrume con ello. Es nuestro problema. Kurzweil es una mezcla curiosa entre el empresario que se aventura en los nuevos campos de la tecnología y el escritor que trata de exponer el sentido de sus ideas y el objetivo de sus proyectos. El resultado sobrepasa probablemente al lector medio e incluso al relativamente avanzado. Se le enfrenta a un pasado reciente que le produce vértigo, a un presente que aún reconoce a medias, y a un futuro escasamente diseñado. Quizá éste sea el punto flaco del libro de Kurzweil: nos enfrenta a una realidad sentida y nos deja ayunos de un diseño seguro del porvenir. Sus finales normas de defensa de la humanidad de esa nueva amenaza ¿son convincentes?
Quizá la idea matriz del libro es la que diferencia el crecimiento lineal (o aritmético) y el exponencial. Algo que se hace evidente por la constante presencia de cuadros con escalas logarítmicas de los que en ocasiones abusa el libro. Y volveremos a un leit motiv que repetiremos: que hace bien utilizando esa especie de repetitividad ya que logra con ello una mayor expresividad a sus afirmaciones.
Nunca ha vivido el hombre un periodo de avances tecnológicos tan acusados como el actual. Es algo que nadie duda. Pero Kurzweil destaca el carácter exponencial de ese avance. Y para evidenciarlo introduce la idea de las seis eras o épocas del mundo: la primera está dominada por la física y por la química, dando paso a la segunda, regida por la biología y que se inicia con la aparición de la vida y el ADN. En la tercera, el cerebro preside la evolución hasta desembocar en la cuarta, regida por la tecnología. Entramos ya en un terreno misterioso: la quinta etapa o época presenciará la aparición de la singularidad, que consiste básicamente en la combinación de la inteligencia humana, en un esperado contacto, con la inteligencia artificial. La sexta etapa ya sólo podremos imaginarla. Posterior a la singularidad, Kurzweil afirma que “la inteligencia, que tiene su origen bilógico en los cerebros humanos y su origen tecnológico en la creatividad, comenzará a saturar la materia y la energía de su medio”. Con ello postula la ley de rendimientos acelerados, dentro de la que encaja los curiosos “desarrollos fallidos”.
El autor salta a meditar el sentido de la palabra Singularidad, algo difícil de comprender y sencillo de aceptar. Pero, de paso, señala la posibilidad de la superación de la velocidad de la luz como necesaria para saltar a esa etapa ultima, y, sobre todo,  la velocidad exponencial con que se producirán esos cambios. De la lentitud del paso de la etapa fisicoquímica a la bilógica, mediaron millones de años; menos en los pasos sucesivos, hasta asustarnos con la velocidad del cambio tecnológico actual.
Se nos lleva, por ejemplo, a un capítulo III en el que se analiza la posibilidad de alcanzar la capacidad de computación del cerebro humano. Y se nos van a exponer las posibilidades de la naciente computación molecular tridimensional y las tecnologías de computación emergente. El cerebro humano es capaz de crear máquina que realizan las operaciones con velocidades enormemente superiores a las empleadas por las neuronas humanas. No estamos ante un autor que hable de oídas tras recoger informaciones ajenas sino de una persona que se ha introducido en un mundo industrial donde ser persiguen esos fines. Nos habla con autoridad de los nanotubos, de su ensamblado, de la búsqueda de la replicación a imitación de lo biológico, de la computación basada en los “spin”, las moléculas o la luz, hasta llegar a la computación cuántica.
¿Tiene límites ese proceso? Kurzweil nos dice que sí, pero añadiendo que ·estos límites permiten que continúe el crecimiento exponencial hasta que la inteligencia no biológica sea billones de billones de veces más poderosa que toda la civilización humana de hoy en día, incluyendo los ordenadores actuales. El fantasma de la Inteligencia artificial frente a la biológica o natural aparece así. Y Kurzweil ofrece una fecha probable de aparición de esa etapa de la Singularidad: 2045.
Lamentablemente, Kurzweil se desliza poco a poco en un terreno filosófico en el que trata de encajar las ideas que sobre la Singularidad tiene. Y lo hace de forma que el lector ni puede aceptarlas sin reservas, ni pueden objetarlas con fundamento. Las expone además de manera a veces inmadura, como idea en formación, matizándola, depurándola, señalando las críticas que ha recibido. Es el caso, por ejemplo, del capitulo que titula en alemán “Ich bin ein Singularitanian”. En ese capítulo se plantea cuestiones tan profundas como las de la posibilidad de que la inteligencia no biológica experimente sentimientos o tenga conciencia cuando se superponga primero y la supere después, a la nuestra, la propia de la humanidad.
Lo mismo sucede cuando entra a analizar las amenazas y ventajas que pueden derivar del desarrollo de la tecnología a través de lo que llama GNR (siglas de lo biológico y genético, lo nanotécnico y lo robótico. Tres revoluciones solapadas como él mismo indica, que ocupan más de 100 páginas del libro, lo que obliga a prestarlas cierta atención. La revolución genética supone la intersección entre información y biología, que “mediante la comprensión de los procesos de información que subyacen de la vida estamos comenzando a aprender como reprogramar nuestra biología para conseguir la virtual eliminación de la enfermedad, una extraordinaria expansión del potencial humano y un alargamiento de la vida”. El análisis de esta revolución la hace de la mano con Terry Grossman. Pienso que la vida que nos describe y promete es simplemente deprimente.
“N”, la segunda revolución implica la intersección entre la información y el mundo físico: “nos permitirá rediseñar y reconstruir (molécula a molécula) nuestros cuerpos y cerebros, así como el mundo con el que interactúan,  iremos mucho más allá de las limitaciones de la biología”. Ahora su ‘acompañante’ será Eric Drexler, autor de “Nanosystems” e ideador del “ensamblador molecular”
Resta la revolución “R” ,“la más poderosa de las inminentes revoluciones: robots a nivel humano cuya inteligencia tiene su origen en la nuestra, pero rediseñada con el objeto de superar en mucho las capacidades humanas”. En realidad, como indica el propio libro “R” no supone sino la irrupción de la Inteligencia artificial fuerte, con desplazamiento de la calificada de débil. Es la revolución más importante y que hace que Kurzweil se pregunte: “¿qué es lo que nos protegerá contra una inteligencia patológica que supere a la nuestra?
No libera al libro de ese creciente carácter abstruso que va adquiriendo cuando aquél alude a las teorías de los espacios múltiples, aún discutidas e investigadas por los técnicos y que probablemente, nueva lleguemos a percibir sino como idea, apresados como estamos en un espacio único, regido por leyes conocidas y propias que no tienen por qué coincidir con la de los múltiples mundos de los que, a lo mejor, también somos, en mayor o menor medida, habitantes sin saberlo. El big band en el que reposa y vivaquea cómodamente nuestra ciencia actual se nos presenta igualmente como principio o fin de una Singularidad.
¿Se puede decir que Kurzweil está equivocado en sus teorías? En absoluto, pero tampoco podemos afirmar su certeza. Todo tiene -en la segunda parte del libro- el aire festivo de una exhibición de fuegos artificiales. Posee un atractivo la brillantez de sus ideas que desasosiega al lector, que -hablo por mí- se siente incapaz de compartirlas o lejano a ser convencido por ellas. No contribuye a liberarle de esos sentimientos el carácter salvífico y profético con que se presenta el autor. La luz con que llegaron a él esas concepciones no se nos aparece a nosotros. Y el mundo que nos promete no llega a atraernos por deshumanizado
Faltaría a la verdad si no dijera que el libro me ha gustado. Apenas deja ideas sin abordar, que excitan la imaginación. Se completa con la indicación de las medidas de protección utilizables y de la exposición de las críticas recibidas y su refutación.  Aunque en ocasiones lo parezca, no huele a marketing como otros tantos libros de moda, quizá porque el autor transmite la sensación de que tiene fe en las ideas que proclama. En definitiva, un libro apabullante que, con la verosimilitud de sus predicciones, termina con el orgullo humano que pueda quedar en nosotros. ¿O no? A nivel individual desde luego, pero es a cambio del innegable regalo de unas ideas imaginativas que cobran realismo por momentos. Y que dan miedo. Por los que vengan, claro, sobre todo.
“La Singularidad está cerca. Cuando los humanos trascendamos la biología” (706 págs.) es un libro escrito por Ray(mond) Kurzweil en 2005. La traducción al español fue hecha en 2012 en Berlín por la editora Lola Books.