lunes, 18 de junio de 2018

Julio Camba : La casa de Lúculo o el arte de comer”


Julio Camba fue un espléndido escritor. Un tanto atrabiliario, sin embargo. Su trayectoria vital es realmente curiosa, porque comenzó escapándose de casa y viajando como polizón hasta Argentina. Como tantos, su pensamiento juvenil fue un tanto radical, en este caso afincado en el pensamiento anarquista. Y como anarquista fue expulsado de Argentina en 1902, junto con otros compañeros de pensamiento. Ya en España inició su colaboración con la prensa, primero con la de su región gallega y, poco más tarde, con la madrileña. En Madrid, precisamente llegó a crear un periódico: “El Rebelde”. Sus contactos con el anarquismo dieron lugar incluso a que fuera llamado a declarar como persona relacionada con Mateo Morral. Despues de ser corresponsal en Turquía, París y Londres sus ideas se sosegaron y en torno a 1913 colabora con ABC y “El Sol”. Sigue viajando como corresponsal por Berlín, Roma y Nueva York. Llega la guerra y colabora con el ABC de Sevilla, dejando ya clara su proximidad a las ideas franquistas. Su colaboración continuará con Arriba, ABC y La Vanguardia. Sus últimos 13 años de 1949 a 1962  los pasará en Madrid albergándose en el Hotel Palace.
El que traiga a colación este libro responde únicamente al hecho de que lo leí hace mucho tiempo, aunque en sus obras completas, publicadas en dos tomos por la Editorial Plus Ultra. De esa lectura, me quedaba únicamente el recuerdo de algo que he repetido muchas veces: la insensatez de colocar flores en las mesas donde se come con el consiguiente intercambio de olores (¿Qué decir de los restaurantes en los que, mientras uno come una carne roja, trocean casi encima un pescado a la sal?). El caso es que, ojeando ahora una versión reciente editada en la Colección Austral, me llamó la atención la forma en que puede advertirse en esa lectura el transcurso de tiempo y el cambio de España.
Vaya por delante que es un libro enormemente desenfadado, en la que se alternan las consideraciones más o menos científica o rigurosas con las humorísticas. Todo ordenado en cortos apartados en los que recorre la gastronomía por él conocida, que no era poca, nacional e internacional. Y que, en cualquier caso, es bastante distinta actualmente.

La cocina española tiene varios apartados, pero el primero está destinado al ajo. “El ajo lo mismo sirve para espantar brujas que para espantar extranjeros”. ”Nuestras cocineras son tan aficionadas al ajo no es porque este condimento les sirva para hacer una comida, sino, al contrario, porque les sirve para no tener que hacerla”. Cuando trata de encontrar al ajo alguna ventaja termima afirmando: “Lo único que digo es que el ajo es un arma de dos filos con la que se puede hacer pasable un alimento mediocre y con la que puede destruir un manjar de primera clase”. O sea, Camba en estilo puro. No trata mejor a los garbanzos, a los que considera la unica aportación española al pot-au-feu y a todos los platos foráneos cuya esencia es cocinar varias cosas heterogéneas juntas.
No puede decirse, realmente, que Camba sea un fan de la cocina española. Tampoco es su enemigo. Pero es preciso referirse a la epoca en que escribía en la que España distaba mucho de la actual. Él confiesa que no tiene un patriotismo gastronómico. Y se nota, claro; había entonces algunas razones para no tenerlo, pero hoy han desaparecido. Hay en sus comentarios una cierta acusación del problema de la falta de imaginación de la cocina mediterránea ¿cómo podía imaginar que ahora sería el modelo universal de la cocina sana? Aunque, ¿estamos hablando de gastronomía o de alimentación? Por descontado, para Camba sólo cuenta lo primero.
Por otra parte, repasa inmediatamente diversas cocinas extranjeras. La francesa, con sus tres regiones, sus decadencias, su mantequilla. La lírica y simple cocina italiana, pese a la dificultad de comer tallarines dignamente (enseña cómo hacerlo). La inexistente cocina inglesa, atenta unicamente a la materia prima (nos lleva a Simpson’s, donde yo aprendí que well done era pedir algo parecido a un pedazo de carbón). La inexistente cocina norteamericana, pero triunfadora hoy en los McDonalds. Tiene una imagen pobre de la cocina china (no había entonces la proliferación actual de restaurantes chinos). En fin, desconoce los descubrimientos modernos de la cocina india, la mejicana, la japonesa o la peruana.

El cerdo recibe todos los honores habido y por haber, pero Camba añade una curiosa dimensión religiosa: en España, hecha según los teóricos de judíos, moros y cristianos, comer cerdo no solamente es cuestión de gusto, sino una profesión de fe al estar prohibida su ingestión por judíos y moros. Incluso la matanza cobra cierto perfil de sacrificio simbólico. Por su parte el buey es a su juicio objeto de admiración en Francia y detestable en España: “…yo desconocía el sabor de la carne de buey y esto era muy natural porque en España los bueyes no tienen carne, “tienen vértebras, pero no tienen carne”. Y agrega que nuestros bueyes son de dos especies la proletaria y la guerrera. “Bueyes de labor y bueyes de lidia. Bueyes sumisos y bueyes heróicos”. Realmente Camba persiste en su idea de que sólo nace y crece la cocina donde hay pasto.
En los pescados, destaca su adoración por la sardina, una sardina que debe estar asada correctametne, lo que no es fácil, y que luego debe ser comida con la mano. Al menos una docena, que puede ser seguida de otra. Cuando acaban los elogios a la sardina, el autor se decica a alabar igualmente al lenguado y a dedicar alguna lamentación al pobre besugo, tradicionalmente maltratado. Vuelve el fantasma del lento transporte al interior; no en vano hay que recordar que el besugo era un plato tradicional de Navidad en la meseta y hay que suponer que la vieja recomendacion de no tomar mariscos en los meses sin “erre” responde a la misma razón. Camba afirma que “en casi toda Castilla al pescado se le llama fresco, pero no al pescado fresco, sino al pescado podrido”. En cualquier caso, la referencia a otros pescados es inexistente, en contraste con la mayor diversidad de la que hoy disfrutamos. Lo que se perdió Don Julio.
Al llegar a los mariscos Camba disfruta. Estos bichos, en general, se pescan vivos y vivos aguantan los viajes. Comienza por las alabanzas que dirige a la langosta: ”está excelente de cualquier modo”, auténtico elogio en él. Luego aparecerán, ya en cuesta abajo por el escalafón, los langostinos, hasta llegar al buey y a la nécora, ya despreciables, pasando por el centollo. Los moluscos se abren paso con los percebes (lo que le permite explicar cómo se deben cocer) que, con las almejas, son los más conocidos en Madrid, ciudad a la que suele hacer sus referencias. En cambio, nos cuenta que son casi desconocidos los erizos, los mejillones, las ostras, las navajas, los berberechos o las zamburiñas (a las que llama zamoriñas). Aun así dedica elogios a los berberechos y enseña la manera de coger navajas (a las que también llama lingueirones o cuchilos). Hay que volver a pensar en los tiempos en los que la conservacion por el frío, la congelación, no existía más allá de los ventisqueros, reservados para otras cosas. Añádase la velocidad del transporte. Lo que entonces era exótico y raro deja de serlo. Una excepción a la que se refiere: la sopa de tortuga (claro que la saboreaba en París, no en Madrid)
Si estábamos buscando la huella del tiempo, la encontramos claramente cuando Julio Camba aborda el tema de los vinos. En aquella época, uno elegía en jun restaurnate entre un Burdeos o un Borgoña, algo que sería inconcebible hoy cuando la opción habitual es entre un Rioja o un Ribera del Duero. Contando con que siempre se ofrecen las cartas de vinos en donde aparecen los de Toro, Jumilla, Cariñena, Valdepeñas, Somontano, Madrid… bueno: la tira, blancos, tintos y rosados. Camba nos ofrece una nutrida información de los vinos franceses. A los españoles los ignora prácticamente. Otra cosa es que nos dé muchos consejos sobre la forma de beber vino y degustarlo: la temperatura, la conservación, la acomodación a los distintos platos… Tan curiosas algunas como la dependencia de ésta de las dimensiones de la botella. Quizá eso explique la desaparición de las medias botellas.
Sobre todo, Juio Camba pretende no solamente entretener e ilustrar, sino además divertir. A veces la gastronomia parece solamente una excusa. No es que la ignore, ya que la cultiva, a medias gurmet y gurment, como lo acreditan los pasajes en los que se refiere seriamente a ella abordando temas espinosos. Pero, fuera de esos momentos, cuenta anécdotas o hace comentarios con los que quita hierro a muchas de sus afirmaciones.
Una muestra de ese estilo tan propio de Camba es la primera de las “Normas del perfecto invitado” con las que concluye el libro: “Cuando aparezca en la mesa un plato notoriamente inferior a todos los otros, elógiese sin reservas. Indudablemente ese plato es obra de la dueña de la casa”. ¿Ironìa? ¿Crítica? Probablemente sólo el humor, a veces desmadrado, que Julio Camba emplea en este libro, cuya lectura es un placer.


“La casa de Lúculo el arte de comer” (150 págs.) fue una obra escrita por Julio Camba en 1929. La edición leida y comentada es la octava de las autorizadas a Espasa Calpe que la publicó en en su Colección Austral en 1979, siendo la primera en dicha colección de 1937.

viernes, 15 de junio de 2018

Alberto Bárcena : “Iglesia y masonería. Las dos ciudades”


Alberto Bárcena Pérez es un profesor de la Universidad CEU de San Pablo y de la Vniversitas Senioribus CEU. Su actividad se centra en la historia. Dentro de ella ha estudiado la masonería en particular, sobre la que, no solamente ha escrito diversos libros, sino que adicionalmente ha dado conferencias y entrevistas que puede ser fácilmente encontradas en Internet, especialmente a través de YouTube. Uno de sus estudios más conocidos es el que versa sobre los presos que trabajaron en el Valle de los Caídos: frente a los 20.000 calculados por los medios habituales ofrece una cifra máxima que sobrepasa apenas los 1.000 reclusos y destaca el deseo de los mismos por no ser devueltos a las cárceles. La adscripción católica de Bárcenas está, desde luego, fuera de duda, al igual que sus conocimientos históricos de la oposición de las dos ciudades: las tesis papales y las actuaciones del poder masónico.
El libro se lee con interés y con facilidad al principio. Recorre los tres siglos de existencia de la masonería, de forma que no aborda linealmente la historia de ningún país, sino que lo hace siguiendo únicamente el rastro de la masonería. Con ello queda sentada una cierta transversalidad de la masonería; al menos geográfica, otra cosa será el aspecto social al que se referirá en otro momento. Pero siempre tendrá como uno de sus objetivos la destrucción de la religión lo que, obviamente, implica la de la Iglesia. Y, como la transversalidad es grande pero no total, la Iglesia y la religión a derrotar y erradicar son las cristianas.
Obviamente el libro no se dedica a decirnos lo que es la masonería. Eso habrá que buscarlo en otros libros y otras fuentes, pero en cualquier caso todos tenemos una idea básica de en qué consiste, de sus ritos y su hermeticidad. Pero además no tenemos la seguridad de que esa vaga idea no sea obsoleta. Durante gran parte del siglo XX en que vivimos la imagen de la masonería, ésta era más siniestra de lo que es en la actualidad. De hecho, ahora no se cuenta con ella como poder social. Parece transmitir, a través de las distintas obediencias, una imagen pintoresca. Pero ¿estamos engañados? No es, sin embargo, esta la finalidad que se propone Bárcenas. El libro mantiene, como anuncia, la idea de que la Iglesia y la masonería son dos fuerzas en oposición en la que la segunda pretende la derrota y desaparición de la primera. Bárcena muestra situaciones en que masones luchan contra masones, pero lo que tata de mantener es que, aparte de disidencias circunstanciales, están siempre unidos en la lucha contra la religión.
Hay que centrar el problema. No se trata, por descontado, de una lucha entre Dios y Satanás, idea que carece de sentido. La lucha se establece entre la Iglesia que asume el papel de representante de Dios en la Tierra y un grupo de personas que combaten a ese representante de Dios en la Tierra, es decir, a la Iglesia Católica, que automáticamente asume un papel defensivo. Si traducimos esa pugna a un plano de poder terrenal e influencia social, es evidente que la Iglesia Católica, pese a los esfuerzos por impedirlo, es históricamente la parte perdedora, visto todo desde un punto de vista material.
El libro parece estar hecho de una serie de fogonazos sobre hechos puntuales de la historia, Todo articulado sobre la idea del “Disolve et coagula”, similar a la “ordo   ab chaos”, es decir de la obsesión masónica de destruir para construir después. Las dos ideas son decisivas para configurar la masonería (aplicable a rosacruces, carbonarios e illuminatis según Bárcenas): una fase destructiva, dirigida básicamente contra las ideas de “el trono y el altar”, en la que parece existir una zona de clara unanimidad y es la que afecta a la Iglesia, es decir al altar; seguida de una fase constructiva que resulta extraordinariamente vaga y en la que se predica un mundo ideal de bondad y felicidad (por descontado fruto de una beatífica libertad y una justicia mundial).
Bárcenas aporta la información y los datos que sostienen esas afirmaciones. Lo hace, sobre todo, señalando las personalidades que, con marcada influencia en la historia, tuvieron la condición de masones. Lo hace aportando datos cuya procedencia siempre suele indicar. Claro que con ello no acaba de derribar el hermetismo masónico. Oigan: ¿están ahí? Siempre el aburrido silencio. Es algo que, al final, nos aburre a todos. Como el futbolista que, tras estar a punto de romper la tibia al contrario, eleva las manos al aire indicando que es ajeno a todo. ¿Quién sería el que metió la pierna?
Tratemos de volver al libro. Su esquema de exposición (además de aludir brevemente a los orígenes londinenses) se articula sobre tres momentos revolucionarios en los que la masonería tuvo sus momentos más brillantes. El primero, como era previsible, es la Revolución francesa. Fue precedida por la primera logia francesa en 1725 y por las condenas de papas como Clemente XII, Benedicto XIV y Pío VI. La revolución, como la Ilustración y la Enciclopedia fueron inspiradas por la masonería. Los efectos en España se examinan al repasar nuestro confuso siglo XIX, repleto de acciones contra la Iglesia. La lista de políticos masones es interminable e incluso se matan entre ellos (Prim). Bárcena se explaya al abordar cuestiones como las amortizaciones, Sor Patrocinio o las expulsiones de jesuitas y religiosos. Algo parecido hará con las siguientes revoluciones: la de la Comuna (o en torno a ella) y la rusa, que curiosamente dejará pronto fuera de juego a la masonería. Las referencias a hechos concretos en cada una de ellas estarán adornadas además con muchos aspectos anecdóticos pero significativos al mismo tiempo. Son tantas que es imposible referirse a cada una de ellas: van desde la represión de la Vendée, a los primeros momentos de la II república española, pasando por la creación de la Sociedad de Naciones o la de las Naciones Unidas, sin dejar por ello a un lado el papel de las peculiares asociaciones como son la Trilateral o el Bilderberg. Dejamos al hipotético lector hundirse en esas consideraciones, tan intensas, tan vibrantes, tan comprometidas. Vaya con ello mi humilde recomendación de que quién quiera conocer muchas cosas ignoradas recurra este libro.
El libro resulta en ocasiones muy desconcertante. Ofrece una visión de los masones como personas dedicadas a combatir a la Iglesia, cuando parece que quizá eran sólo personas que trataban de apoyar determinadas ideas cuyo éxito era impedido o dificultado por la Iglesia. Ser masón, por otra parte, debía de tener hace dos o tres siglos un matiz de “elegancia” intelectual, como sucede en la actualidad con la calificación de “progresista”. La comunidad de los fines perseguidos provocaba por otra parte la aparición de un apoyo mutuo, un extraño lobby en muchos casos.
Bárcenas, en defintiva, estima armas de la masonería ideas como la relatividad, la ideología de género, la libertad sexual, el aborto, la educación desligada de la religión, la laicidad… Son ideas que podemos atribuir a los masones, pero también a muchas otras corrientes y tendencias. Y son ideas que la Iglesia no puede aceptar sin combatirlas.
Miremos la realidad española. Zapatero aprueba una ley del aborto contra la que el PP interpone siete recursos. Rajoy, conseguida la mayoría absoluta, no deroga la ley, aunque el PP tiene su propio proyecto anterior. El Tribunal Constitucional deja transcurrir más de siete años sin resolver los recursos. Gana Sánchez. ¿Estamos ante una manada de masones o de cobardes? Miremos ahora la realidad vaticana ¿es misión de la Iglesia referirse a temas climáticos utilizando datos ofrecidos por esas mismas corrientes modeladoras de la opinión pública a través de la publicada?
¿Es correcta la referencia a la agustiniana dualidad de ciudades? Relativamente: San Agustín escribe tras la caída de Roma ante Alarico I y habla de una ciudad espiritual, no terrenal. Admite la derrota actual y remite la victoria al juicio final.
Bárcena señala el odio de la masonería hacia la Iglesia y hacia la religión. Y cómo ello se ha traducido en acciones inicuas y criticables. Nada que objetar por su evidencia. Quizá lo que pueda indicarse es que en estos momentos la masonería, aunque siga actuando no tiene un papel destacado, no tiene que esforzarse en especial, hablando en términos vulgares. Su ideario ha trascendido y empapa gran parte de la sociedad. Uno recuerda el acto primero de Tosca, “Va Tosca, Nel tu cuor s’annida Scarpia!...”. Las aparatosas expulsiones de frailes y monjas, la confiscación de bienes y el cierre de conventos ya no son necesarios. El relativismo y el laicismo radical anida ya en la mayor parte de gobernantes y gobernados. Los jesuitas ya no son un enemigo a batir, sino que son un potencial y hasta amable contertulio en ocasiones.        
Por descontado, Bárcenas recuerda la permanente condena y advertencia de los papas a través de encíclicas y admoniciones, destacando las de Leon XIII y Pío X en el siglo XIX y las de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI en nuestro tiempo. Es curioso que el libro recuerde la famosa oración a San Miguel que, al final de la misa, se rezaba no hace mucho tiempo. Se perdió en el tiempo. Era una oración propiciada por Roma ante la presencia de Satanás en el mundo.
Como fuente de información éste es un libro enormemente importante. Otros que versan sobre la masoneria tambien lo son. Este no es el único, aunque en cualquier caso, tiene interés por la informacion que del mismo se puede obtener. Pero ¿se agota la realidad en lo que dice? Es curioso que, refiriéndose a Hilary Clinton, reproduzca una de sus afirmaciones en su fracasada campaña ante Trump: “Los gobiernos deben emplear sus recursos coercitivos para redefinir los dogmas religiososo tradicionales”.   
Un libro para pensar. En las dos ciudades, claro. ¿Vivimos en dos ciudades?



“Iglesia y masonería. Las dos ciudades” (320 págs.) es un libro del que es autor Alberto Bárcenas y que fue publicado por Ediciones San Román en 2016.