lunes, 19 de noviembre de 2018

Mauricio Wiesenthal : “La hispanibundia. Retrato español de familia."



Leyendo este libro la primera pregunta que nos asalta es saber si el autor nos está poniendo a caer de un burro o pretende simplemente enaltecer lo español, o ambas cosas a la vez, primero unas y luego otras, o al revés. O todo a la vez. Mauricio Wiesenthal, nacido en Barcelona, es descendiente de alemanes, pero habla como español, aunque muchas veces da la sensación de que es, por encima de ello, ciudadano del mundo. Ha escrito sobre muchas cosas: le han atraído las culturas precolombinas, pero también la enología. Y en este libro se confiesa meridianamente español; una y otra vez; para sentirse orgulloso o confesarse avergonzado o indignado.
La segunda pregunta es clara ¿qué es eso de la “hispanibundia”? Aclaremos que es un término que Mauricio Wiesenthal crea y que le gusta “porque es sonora y deambula con andar airoso, al par que vela con un ‘sfumato’ confuso la crueldad racionalista que tienen los conceptos demasiados precisos. Es simultáneamente, la percusión y el eco, la acción y la pasión”. Antes lo ha razonado: “una aventura por haberse realizado sin proyecto no es forzosamente un disparate” y agrega: “Y como improvisadamente y sin proyecto se hizo —mejor o peor— España, así he intitulado este ensayo: La Hispanibundia”.
Dará una pista: “Para comprender lo que es la hispanibundia hay que aprender a captar eso tan sutil y tan volátil que los españoles llaman “aire”. “El aire, espíritu sutil, es un símbolo más de la imprevisión hispanibundia”. Algo más nos aclara con esta cita de Plinio: “Es posible que la hispanibundia no sea más que la “vehementia cordis” (vehemencia del corazón) que, según Plinio, distinguía a los hispanos”. Es lo que guio siempre su improvisada actuación. “El ímpetu de la hispanibundia nos llevó a dar más importancia a la acción que al pensamiento”.
Aunque Wiesenthal trata de dar más corporeidad a este nuevo concepto, lo cierto es que captamos solamente su “aire” y, con tan ligero equipaje, nos adentra en un libro que se articula en más de 30 breves capítulos. Bien es cierto que, en esos capítulos que abordan aspectos de esa hispanibundia, alienta siempre una marcada admiración por lo hispano (el autor se identifica con ello pese a su apellido) sin desconocer nunca los defectos de los españoles, numerosos y mal llevados. Y no solamente encuadra en ese marco a todas las tendencias regionales de España, sino que incluye en el mismo un gran aporte de Hispanoamérica, en ocasiones más representativa que la vieja hispanibundia. Pero hay que hacer una advertencia: no hay que preocuparse por no entender exactamente lo que es la hispanibundia en esas primeras páginas. Cuando se haya caminado lo suficiente por el libro se sabrá.
El recorrido se hace de forma que pudiéramos llamar vibrante y que, con Plinio, podríamos también considerar vehemente, lo que se agradece y mucho. La hispanibundia se refleja no solamente en los miles de datos históricos que se nos presentan como ejemplos de ésta, sino en su contemplación en tiempos pretéritos y presentes. El libro es como un pájaro que volara sobre la historia, recorriéndola y viéndola así: a vista de pájaro.
Sorprende el valor que Wiesenthal da, con razón, a las palabras que permiten identificar una lengua y la gente que la habla. Hay términos como el de “ganas”, del que afirma: “los pueblos de habla española distinguen perfectamente entre los deseos metafísicos o ideales y los apetitos vitales que nos cimbrean, como el hambre o el sexo, con radical violencia, y solo éstos últimos constituyen “las ganas”. Yo diría en este sentido que cuando un español dice “no me da la gama” está mostrando su sesgo reptiliano. El libro nos recuerda que el propio Keyserling “formuló su teoría de que la palabra clave del idioma español es la “gana”, vocablo que no tiene tantos un tan diversos significados en ninguna otra lengua”. El fracaso de la gana dará paso a otra idea: el “no importa” ¿falso o real? Recorrerá, después, conceptos como el del honor, la austeridad, o el “buen gusto” de origen español u y de tan efímero triunfo.
Todo está aderezado sabiamente con citas históricas y de escritores que hace la lectura fácil, agradable e instructiva, porque la realidad a confesar es que desconocemos muchos de los datos que se manejan. Por cierto: una de las fuentes de citas a la que Wiesenthal recurre con más frecuencia es el mismo Quijote, en el que ve el espectáculo de la hispanibundia y su impacto en el español, no solamente de su época, sino en el de todos los tiempos. Las crisis que en otros países conducían a movimientos idealistas, en España llevaban solamente al aislamiento.
Se insiste en el realismo español sustanciado en el “hago, luego existo” característico de la hispanibundia. Lo que hace del Cid un guerrero esforzado y cierto frente a un Ronaldo imaginario e idealizado. Y que determina que haya que enfrentar a Cervantes con el anticuado Erasmo o con el racionalista Descartes. “El intento de ajustarnos a la realidad nos obligó a ser muy precisos al diferenciar entre “ser” y “estar”. Una maravilla lingüística desconocida por otros idiomas y manejada sin problemas por los españoles. Wiesenthal llega, partiendo de Ortega y Gasset, a preguntarse: “¿Se me permite decir que “yo soy yo y mi circunstancia” es lo mismo que “yo soy mi ser y mi estar”?”
De forma persistente en el libro se desliza la idea de que los españoles somos diferentes. ¿Diferentes de quiénes? Pues diferentes de todos, con las pequeñas excepciones que se hace a los hispanoamericanos.  Es probable que así sea. Lo que parece incuestionable es algo en lo que somos indudablemente diferentes y que en Wiesenthal no deja de ser un leitmotiv no confesado: somos los únicos que practicamos una autocrítica sin límites, que tenemos una grave deficiencia de autoestima y que nos reservamos el derecho de crítica, so pena de que salga la hispanibundia con tonos enaltecedores y exaltados en defensa de lo español.
Pero, aunque no se exprese en términos tan rotundos, el libro encierra una condena de nuestra dejadez. Repasa los hechos que debieran orgullecernos para constatar su decadencia o desaparición: desde la idea del honor hasta la fiesta de los toros. ¿Cómo no iba a saltar a primer plano la figura del hidalgo, que alaba y admira, pero que no puede ocultar que ha servido para alejar mucho tiempo al español de las ideas del trabajo, del mérito, de la industria, de lo comercial? ¿Qué aspiraba a ser el español?
Infectado de esas ideas cobró popularidad y preeminencia la figura del bribón o pícaro en primer término. Los románticos franceses del XIX la sustituyeron por la del bandolero. Una revolución incruenta en que el caballero a caballo fue sustituido por el admirado torero de a pie. Se repasa el papel peculiar de las plazas mayores, el permanente sentido y presencia de la muerte, la religión por descontado. En un tema espinoso como el de la Inquisición Wiesenthal entra como elefante en cacharrería. Fija su análisis en algo evidente: la envidia como el móvil que llevó a tantas de denuncias. Agrega un especial apoyo popular a la Inquisición y hasta un aire festivalero en las ejecuciones. Y destaca su maligno efecto haciendo que mediocres, pero limpios de sangre, accedieran a puestos clave de lo público. ¿Estamos ante una magnificación de una realidad de menor entidad? Por cierto: se destaca que la confluencia de la aventura americana con la expulsión de los judíos abortó la aparición de una burguesía que permitiera un deambular más inteligible de España por la historia.
Hay algo que no se puede desconocer: Wiesenthal hace sus excelentes reflexiones sobre un escenario histórico. Todo evoluciona y él se sitúa empáticamente con nuestro Siglo de Oro. Cervantes con su Quijote es toda una reflexión sobre España a la que no duda en recurrir una y otra vez. La antítesis, de alguna forma anunciada, llega con los Borbones y logra su clímax en los años en que todo decae, el imperio lo primero.
¿Cómo acaba la cosa? Yo diría que tristemente. Por una parte, se nos dice “Es triste ver que la Europa moderna ha perdido parte del impulso vital que nos distinguió desde nuestros orígenes”. Y un párrafo adelante se afirma: “La grandiosa marea de la hispanibundia es una fuente cultura, un tesoro y una reliquia que los europeos no podemos ignorar”. Wiesenthal habla en términos europeos, pero hay que reconocer que esta es la única forma de hablar hoy en día: perdón no “es”, “debiera ser”. España carece un “mito fundacional”, pero Europa corre el mismo peligro si no reconoce la importante aportación española.
Hasta lo último, Wiesenthal nos ofrece ideas claras: “el odio secular entre izquierdas y derechas que no es precisamente español, sino que se importó del pensamiento jacobino y marxista”. Pero no olvida los continuos enfrentamientos entre españoles, “rencillas alentadas por la gente peor de cada familia nos hicieron confundir la hermosa y valiente lucha en favor de la memoria histórica con la cobarde y bellaca idea de borrar a uno o a todos de nuestro recuerdo”.
Todo ello no impide que Wiesenthal concluya: “la historia de los seres y las tierras que amamos es más verdadera cuando la interpretamos y la sentimos con la esperanza de que a una noche de melancolía suceda un mañana alegre”. ¿Es demasiada esperanza?
Volvamos al libro. Es fácil distinguir el libro que se escribe con fe al que simplemente es un arabesco lateral, cargado muchas veces de un aire diletante y con la confusa apariencia de un producto de marketing. Este no es así. Es además uno de los esos raros libros que pueden abrirse por cualquier parte, leer y gozar. Se aprecia que es el remanso de muchas ideas que han sido meditadas durante mucho tiempo.

“La hispanibundia, Retrato español de familia” (318 págs.) es un libro escrito por Mauricio Wiesenthal en varios años y editado por Península en septiembre de 2018.

martes, 13 de noviembre de 2018

Mark Lilla : “Pensadores temerarios. Los intelectuales en la política”.



Hay dos consideraciones que hacer sobre el libro. La primera es que no se trata de una obra que pudiéramos llamar unitaria, sino que recoge diversos escritos de Mark Milla. La segunda es que va precedido por un interesante prefacio del mejicano Enrique Krauze, nacionalizado español en 2015, que dota al libro de la unidad que, de no existir, pudiera echarse en falta y que no debía atribuirse al Mark Lilla. Enrique Krauze es un ingeniero industrial, historiador y miembro de la Academia Mexicana de la Historia, a mas de director de revistas y editoriales y de escritor liberal. Su ideología puede ubicarse en el conservadurismo liberal.
Esto no debe suplir la atención debida al recopilador del libro, Mark Lilla, un estadounidense dedicado a la ciencia política y a la historia de las ideas desde su doble posición de periodista y profesor universitario. Él mismo se autodefine como liberal, aunque como indica Wikipedia, no siempre se ajusta al patrón ideal de esa actitud. El libro que ahora se comenta es un análisis de lo que llama filosofía “philotyrannical” que dominó parte del pensamiento continental del siglo XX.
El desfile de “pensadores temerarios” se abre con Martin Heidegger al que acompañan Hannah Arendt y Karl Jaspers. El primero realmente es el eje central del ensayo y quizá el único que en el desfile se pueda considerar como verdadero filósofo. Procedente de la fenomenología de Husserl construyó el existencialismo. Pero no es tanto ese aspecto el que ahora interesa sino el hecho de que, desde su posicion rectoral en Friburgo, estuvo adscrito al nazismo hasta 1945, fecha en que fue destituido, aunque fue repuesto en 1951. En todo caso terminó pesando más su filosofía, que era sólida, que sus tendencias políticas
Junto a Heidegger, Lilla se refiere a su peculiar amante, Hannah Arednt, también dedicada a cierto pensamiento político, y a su amigo, Karl Jaspers, psiquiatra y filósofo. La relación entre ellos es quizá la parte más interesante del libro. Resumiendo: tanto Hannah Arendt como Karl Jaspers tuvieron que huir de Alemania, pero mientras la primera nunca lo abandonó espiritualmente y, digamos, le perdonó, Jaspers rompió con Heidegger, fracasados sus intentos de reconducir su conducta, aunque sin dejar de recordarlo nostálgicamente.
Cosa distinta es Carl Schmitt, uno de los grandes teóricos políticos del siglo XX. Su adscripción al nazismo fue innegable; nunca renunció a ella. Sus ideas fueron inspiradores del mismo, pero la importancia de su pensamiento hizo que, concluida la guerra volviera a recuperar fama y prestigio, hasta el punto de producirse en torno a los setenta “uno de los más curiosos fenómenos de la reciente historia intelectual europea: “el schmittianismo de izquierdas”.” El declarado antiliberalismo de Carl Schmitt se identificaba en este punto con la izquierda marxista. Añádase a eso el peculiar cristianismo de Schmitt, tan distante de la ortodoxia. Al final consideró que su adscripción al nazismo y su antisemitismo fueron un simple error táctico. El recorrido que en este ensayo hace de su persona es absolutamente ilustrativo de la personalidad poliédrica de Carl Schmitt.
Va a haber un gran contraste con la siguiente figura que Lilla va a examinar: Walter Benjamin. De origen judío, el judaísmo pesa sobre el de forma constantemente, aunque no siempre confesado. Relacionó política y religión de forma más o menos consciente. Admiró a figuras de la derecha, pero se acercó al marxismo, aunque sin hacerse comunista. Una persona que se carteó repetidamente con él fue Gershom Scholem y gracias a esa correspondencia podemos conocer mucho de la evolución espiritual y filosófica de Benjamin. Scholem tuvo la certidumbre de que “las ideas más importantes de Benjamin procedían de su conocimiento de unos temas teológicos que su peculiar materialismo volvía más confusos”. Obtuvo el apoyo de la Escuela de Frankfurt, pero tampoco se identificó con ella. Tras analizar las distintas opciones de los intelectuales de la época refugiarse en el misticismo o lanzase al mundo— agrega:quedan, por último, los que coquetean de forma promiscua con ambas posibilidades, como Benjamin, y así continúan siendo un acertijo por sí mismos y para todo aquel que se cruce con ellos
Alexander Kojève es el siguiente en pasar por la pasarela. Un aristócrata ruso venido a menos que deambula por la siempre confusa y pretenciosa Francia del siglo XX. Su obra tiene a la exaltación/recuperación de Hegel en algo que recuerda el rapto de Europa. Nada en esas aguas, pero sin descuidar la ropa “arquitecto de la reconstrucción europea de la postguerra y respetable asesor de ministros y presidentes franceses. Es difícil citar otro pensador europeo del último siglo que haya desempeñado un papel de tal relevancia en la conformación de la política europea, o en un hombre de Estado que tuvieses similares ambiciones filosóficas”. Dejando esto a un lado, su pensamiento permaneció empolvado hasta que lo resucitaron Fukuyama al proclamar el fin de la historia (Kojève hablaba del fin de la filosofía) y su correspondencia con Leo Strauss, su comprensiva pareja de baile en esta historia.
La vida de Kojéve habría pasado con anécdotas, pero sin historia, hasta que se le encarga un curso sobre la religión de Hegel. “Más tarde confesaría haber leído varias veces a Hegel sin haber entendido ni una palabra”. Pero montó su tinglado y tuvo un periodo glorioso donde todos le alababan. La cosa se acabó en 1939, pero después de la guerra comenzó lo que Lilla llama su “segunda vida”: se le hizo consejero de Estado. Defendió “una Europa unificada, en lo que él llamó nuevo “imperio latino”, dentro de la cual Francia sería “primus inter pares”.” Dejando a un lado que parece demostrado que fue espía de la URSS desde su cargo oficial, Kojève, con perdón, parece ser simplemente un caradura, que ni siquiera se procuró un adecuado suporte intelectual.
Michel Foucault no parece ofrecer más consistencia. Existe desde luego, un ‘postureo’ intelectual y Foucault parece ser un ejemplo del mismo. No es solamente su trayectoria vital; el mismo Lilla señala que “nunca fue un líder, sino lo que los franceses llaman ‘suiviste’; siempre siguió las modas parisienses (confesadamente exclusivistas), desde su devaneo con el estalinismo en los años cincuenta hasta su militancia con la Gauche Proletarienne en los setenta”. Luego apoyó a Solidaridad, pero meses más tarde apoyó la revolución iraní. Como una veleta, giraba de acuerdo con el viento que soplara.
James Miller, que es quien mejor ha analizado la figura de Foucault, parece retratarle haciéndole siervo de dos ideas. La primera era la fe en la superioridad del pensamiento de Nietzsche y, singularmente, sobre su idea del poder, idea que luego manejara a su antojo. La segunda, ya estrictamente personal, fue su homosexualidad sadomasoquista que le llevó a morir de sida; “muchos decían haberle oído exclamar: “Morir por el amor de los muchachos. ¿Hay acaso algo más bello?”.”
No podía faltar a la cita Jacques Derrida, que quizá es el mejor representante de la vacuidad de la filosofía de las últimas décadas del siglo XX. El repaso que Lilla lleva a cabo de su trayectoria intelectual le sirve para repasar los aspectos fundamentales del estructuralismo y de sus raíces en Levy-Strauss: “François Dosse describe la doctrina de la deconstrucción de Jacques Derrida como ”ultraestructuralismo”.” Lilla no lo considera un juicio completo: la deconstrucción es la gran creacion de Derrida, pero la deconstrucción no pasa de ser la aplicación de los métodos de Heidegger a las ideas de Sastre y sus seguidores. Al hilo de esto nos destaca como el caso Dreyfuss hizo que la discusión política pasara de los escritores a los filósofos y con ello hizo de la política algo que impregnaba y esterilizaba la filosofía. Si la filosofía era política, la filosofía desparecía: todo era política. Quizá lo más curioso sea el análisis realizado por Lilla sobre la influencia de Derrida en tres países; Francia, Alemania y Estados Unidos. En Francia Derrida hizo que la juventud abandonara el existencialismo humanista de Sastre para seguir a Derrida; luego lo olvidó. Alemania, por su parte, no mostró especial interés: los filósofos siguieron siéndolo, anclado en la ‘Innerlichkeit” o ‘profundidad de sentimientos’ alemana. Estados Unidos por fin, sigue aferrado a Derrida y su peculiar estructuralismo. En conjunto vivimos en un extraño postmodernismo sincrético.
El epílogo resume la idea que persiguió el autor. Se intitula “La seducción de Siracusa”, expresión que se refiere a los viajes que Platón hizo a Siracusa, a instancia de un tal Dión, para lograr que con su filosofía Dionisio el joven para la decadencia en que se hallaba sumida Siracusa. No logró ningún resultado positivo, pero finalmente Dionisio el Joven se comportó como si fuera filósofo sin serlo. Ganas de mezclar agua y aceite, política y filosofía.
La realidad es que, siendo un libro interesante, acusa la diversidad de los pensadores tratados. De entrada, el titulo original “The Reckless Mind” emplea un término de ambigua traducción, porque igual que alude a la temeridad, alude a la imprudencia o la peligrosidad. Al final reluce la conexión que los une: la atracción del poder en su forma autoritaria y tiránica. Lilla nos habla de la tentación de ser tolerantes con estos intelectuales. “Pero eso sería un error dejarse vencer por ella. La tentación del poder despótico no está muerta, ni en política ni, mucho menos, en nuestras almas”.
¿Es un aviso? Si duda. Han pasado muchos años. Los pensamientos marxistas, populistas y nacionalistas encuentran un constante apoyo de muchos de los considerados intelectuales. Historiadores y filósofos dejan de historias y filosofar para tratar denodadamente de hacer política. Y los políticos, como Dionisio, pretenden filosofar. Avisados estamos.
“Pensadores temerarios. Los intelectuales en la Política” (190 págs.) es un libro escrito por Mark Lilla en 2001 con el título original de “The reckless Mind., Intellectuals in Politicis”. La edición que se comenta es la primera edición en castellano, realizada por Penguin Random House Grupo Editorial, con una traducción realizada y registrada en 2004 por Nora Catelli. Ya en 2004 fue editada en España por la editorial Debate. La fotografía de la cubierta corresponde a dicha versión.