miércoles, 23 de agosto de 2017

Louann Brizendine: “El cerebro masculino. Las claves científicas de cómo piensan los hombres y los niños”.




 
Tras leer “El cerebro femenino” de Louann Brizendine era prácticamente inevitable dirigirse a una segunda obra suya: “El cerebro masculino”. Había dejado tan malparada la condición masculina, que era natural interesarse por si ese posicionamiento persistía o al menos se aliviaba. Hay que recordar que la autora, doctora en medicina y neuropsiquiatra, es fundadora en California de la “Woomen’s and Teen Girls’s Mood and Hormon Clinic”.
Ante todo, hay que destacar que el libro adolece, como el anterior, de su escaso contenido físico, ya que de las 346 páginas que tiene, el texto real del libro (incluyendo presentaciones y agradecimientos) llega sólo hasta la página 169, donde comienzan las extensas notas que son seguidas, a partir de la página 223, de la bibliografía.
Brizendine nos afirma: “El cerebro masculino se basa en mis veinticinco años de experiencia como neuropsiquiatra”. Pero sabemos por su libro anteriores que esa labor de investigación se ha proyectado básicamente sobre mujeres o sobre matrimonios o parejas con problemas, reales o aparentes. Por eso no es de extrañar que afirme más adelante: “Ahora sé, por mis veinticinco años de trabajo clínico e investigación, que tanto los hombres como las mujeres desconocen los instintos biológicos y sociales que impulsan al otro sexo”. Pero aun así escribe el libro. Si, respecto al cerebro femenino, podía tener una lógica sintonía, en este libro adopta simplemente un papel de espectadora y recopiladora de ideas y experiencias ajenas.
Naturalmente adopta un esquema de exposición parecido al de “El cerebro femenino”. Pero ya cuando contempla al niño, lo hace con la única visión de su único hijo varón y del de su paciente Jessica, David.
Hay una anécdota que cuenta y que es en extremo reveladora. Brizendine regala a su hijo de tres años y medio una muñeca Barbie. Cuando la ve el niño la agarra por las piernas y comienza a utilizarla como arma, no como muñeca. Comentando eso, la autora dice “Me quedé un poco perpleja, pues yo pertenecía a la generación de la segunda oleada de feministas que habían decidido criar niños emocionalmente sensibles”. El medio empleado era regalarles siempre juguetes unisex. La autora reconoce que los científicos indican que no es posible influir por esa vía en los niños: “Los juguetes estereotípicamente femeninos que le di en sus primeros años de vida, no feminizaron su cerebro”, lamenta. Y agrega: “Más tarde descubrí que mi hijo no era el único niño que convertía a Barbie en un arma”. Esta anécdota refleja no sólo el trasfondo feminista de Brizendine, sino también el grado de obviedad de las cosas que nos cuenta.


La tesis que domina toda la obra de Brizendine es la influencia hormonal en el cerebro, que será femenino o masculino según predominen los estrógenos o la testosterona. Algo sobradamente conocido: en el cerebro y en muchas cosas más. Quizá la única novedad es distinguir entre el primer año de vida en el que el niño está rebosante de testosterona (“la pubertad infantil”), y los sucesivos años, en los que el nivel de testosterona decrece aunque se mantiene el de la hormona SIM (sustancia inhibidora mülleriana).  Y Brizendine explica el SIM: “despoja despiadamente al varón de todo lo femenino”, por lo que también se le llama “desfeminizador”. Lo compara a Hércules y dice que es “fuerte, bravucón e intrépido”. Este segundo periodo, del año a los 10 años es lo que se llamado “pausa juvenil”. Tras ella ya quedan marcadas las tendencias del cerebro masculino: “acción, fuerza, deseo de dominación, exploración y asunción de riesgos”.

La llegada de la adolescencia no incrementa precisamente las virtudes del cerebro del hombre. La testosterona le inunda y, con ella, llena su mente de ideas más o menos obsesivas en torno al sexo. Se aisla, se enfrenta a sus padres, busca desesperadamente su autonomía, compite con cuantos le rodean o se entrega al grupo de amigos y compinches. Nada nuevo claro, pero la autora lo descubre a través de las visitas de unos padres preocupados por su hijo y tratando de cambiar su conducta.
Al filo de ese tránsito de la adolescencia, la autora se centra de forma casi única en el sexo. El hombre se convierte en un cúmulo de ideas obsesivas de carácter sexual. Mas que una persona, es un pene, gobernado por la testosterona, a su vez comandada por las partes más internas del cerebro. Las tesis que mantiene se vuelven un tanto confusas cuando se enfrenta a la división entre hombres fieles e infieles, entre maníacos del sexo y buscadores no desorbitados de sexo.
La visión del hombre cambia brutalmente cuando este deviene padre. Por una parte, Brizendine nos habla de los hombres angustiados por el embarazo (siempre algunos, no todos), por otra de otros que sufren un extraño embarazo empático o síndrome de couvade. A niveles bajos de testosterona, el hombre participa en la preparación del nacimiento. Si los tiene altos, se despreocupa. Por descontado, cuando el padre se interesa en la protección del hijo lo hace con menor intensidad que la madre. Luego aborda el papel del padre jugando con sus hijos, diferente en los casos de varones y hembras, no dejando de destacar que éstas pretenden dominar al padre
Lo que pierde a la narración de Brizendine es que cuando afirma una cosa, lo hace admitiendo que también es cierta la contraria. Es cierto que hay gatos negros, pero admite que también hay gatos blancos. Y a ella le gusta hablar de los negros.

Para hablar del cerebro masculino, claro, Brizendine recurre a otro cliente, John. Curiosamente tiene solo 58 años, pero ahí la autora sitúa al parecer la madurez. Naturalmente, confirma que su testosterona ha disminuido y por ello John es más amable, más tolerante, más humano diríamos. Su problema es que se ha enamorada de Kate, mucho más joven que él. Dejemos a un lado la resolución del caso. Lo curioso es lo que se afirma a propósito de ello: “De hecho, la capacidad de los hombres mayores de reproducirse con mujeres más jóvenes, llamada el “factor de fertilidad masculina de la última etapa vital, puede ser en parte responsable de la longevidad de nuestra especie”. No parece que sean necesarios comentarios”. Y se enzarza en consideraciones del aumento de la esperanza de vida y la andropausia.
Hablando de recuerdos. Se cita, al hilo de todo esto, lo siguiente: “Por razones desconocidas, los hombres casados viven 1,7 años más que los solteros”. Me recuerda la leyenda que figuraba en las paredes de muchas tabernas: “Edad media del bebedor de vino… Edad media del no bebedor de vino…”. No recuerdo las cifras que se daban, pero eran muy dispares al introducir en masa a todos los niños entre los no bebedores y ser entonces alta la mortalidad infantil.

La exposición de Brizandine tiene dos graves problemas. El primero es la contante alusión a los “investigadores” y a los “estudios”; una serie de vagas referencias a los que los investigadores afirman o lo investigadores han descubierto, a los que los estudios dicen o los estudios demuestran. Naturalmente, se citan los favorables a sus tesis. Pero no parece haber ni investigaciones ni estudios propios; únicamente se refiere a las terapias un tanto simplonas aplicadas por ella a los casos que llegan a su consulta y que son citados en el libro cansinamente.
El segundo problema está relacionado con el anterior. Las distintas etapas de la vida del cerebro masculino son analizadas a partir de ejemplos de pacientes que acuden a su consulta. Con ello se pierde totalmente la aspiración a la generalidad que debiera tener todo estudio. Mas aún: los ejemplos que propone evidencian únicamente la existencia de una segmento, un tanto neurotizado e hipocondríaco, de la sociedad norteamericana. Un ejemplo es el que expone, al tratar del cerebro maduro, con la pareja Tom y Diane: su problema era que la transición hormonal en la menopausia disminuyó el impulso sexual de Diane y Tom no lo comprendía. Volvieron a su consulta cuando a Tom le llegó la andropausia.
El libro, en suma, está mal escrito, adolece de un molesto tono de novela rosa y no agrega nada a las tesis mantenidas en aquel del que es secuela: “El cerebro femenino”. Un libro que, ya en su publicación en EEUU, fue objeto de fuertes controversias en donde proliferaron los ataques. Ha sido objeto en 2017 de una adaptación cinematográfica convirtiéndose en una comedia presuntamente divertida en que se narran las desavenencias y problemas de tres parejas. Eso define el libro.



El libro está publicado por RBA el año 2010. En su título original (“The male brain”) fue también publicado en ese año, alcanzando la sexta edición en 2015.